En su interior se atesoran 20 kilómetros de documentos desde el siglo XI hasta la actualidad

LUGO / LA VOZ
06 feb 2021 . Actualizado a las 19:09 h.

Recoger, custodiar y servir. Esas son las palabras que resumen la actividad del Archivo Histórico Provincial de Lugo, un lugar para muchos desconocido y que guarda en su interior auténticas joyas en forma de pergaminos, papeles o incluso negativos de fotografía.

Fue en el 1931 cuando la administración general del Estado decidió dar vida a los archivos provinciales. Su objetivo era recoger los protocolos notariales (los archivos que se generan en las notarías) y garantizar su conservación. Poco a poco esa tarea inicial se fue ampliando, y hoy al archivo de Lugo (que comenzó a funcionar en 1951) llegan todos los protocolos notariales de la provincia en cuanto cumplen 100 años (hasta entonces los custodia el distrito notarial), pero también todos los documentos de las administraciones públicas de la provincia que tengan más de 15 años.

Aunque desde el exterior el archivo lucense pueda parecer un edificio pequeño, en su interior hay tres sótanos en los que se custodian miles y miles de documentos que van desde el siglo XI (el más antiguo), a papeles actuales. A lo largo de sus salas, se reparten 20 kilómetros de estanterías llenas de documentos que cualquier ciudadano puede consultar y que son testimonio material de la evolución de la sociedad. Parte de los archivos se pueden revisar ya por Internet, una facilidad en tiempos de covid.

Proceso de lavado de documentos, durante su restauración
Proceso de lavado de documentos, durante su restauración ALBERTO LÓPEZ

El proceso de archivado

Cuando un documento llega al archivo el primer paso es hacer la transferencia. Luego se comprueba su estado (si tiene algún hongo o similar, se trata y se pone en cuarentena), se organiza y se hace un trabajo de descripción y documentación para que cuando alguien lo necesite, se pueda identificar y localizar de inmediato. Luego está la parte visible al público. El Archivo puede hacer préstamos a las propias administraciones que enviaron el documento (hoy se intenta que sea con copias o a través de Internet para evitar deteriorar el texto o que se pierda), y también a la ciudadanía, ya sean investigadores o gente de a pie que necesita consultar algo.

Las obras que están muy deterioradas pasan por el laboratorio de restauración, donde se recuperan. Aunque cada proceso es diferente, en función de su estado y del material, generalmente se hace una limpieza con brocha y un lavado (si las tintas son insolubles) que incluye dos baños de agua y uno de hidróxido cálcico; luego se secan adecuadamente y luego se reintegran, ya sea con papel japonés o con pulpa de papel. Porque la meta de todos los documentos del archivo, más allá de recuperarlos y custodiarlos, es que se puedan consultar y leer. Ese es su fin último.

El  Livro da Montaría  es la joya del Archivo Histórico Provincial de Lugo
El Livro da Montaría es la joya del Archivo Histórico Provincial de Lugo ALBERTO LÓPEZ

Un códice del siglo XV de João I de Portugal

La joya de la corona de las piezas que custodia el Arquivo Provincial es, sin duda, el «Livro da Montaría», un códice portugués redactado entre los años 1415 y 1433 por orden del rey João I de Portugal y del que se conserva una cuarta parte. Se trata de uno de los manuscritos medievales más importantes de la cultura portuguesa y versa sobre la caza del jabalí. En él se cuenta una reunión del rey y sus monteros en la que charlan de técnicas, debaten cuándo es la mejor época para que se apareen los perros o cómo educarlos. Un sinfín de pequeñas historias que permiten zambullirse en aquel momento.

Pero, ¿cómo llegó al archivo lucense una pieza lusa de semejante valor? Todo arranca con el cardenal monfortino Rodrigo de Castro. El sacerdote, amante de la lectura, fue embajador en la corte portuguesa. Durante años coleccionó numerosos ejemplares y a su muerte dejó como legado el colegio de Nuestra Señora de la Antigua de Monforte, conocido como el Cardenal, y su biblioteca. Hay constancia, por otros textos, que en el 1627 el códice ya estaba en Lemos, y a nuestros días llegó gracias a los protocolos de varios notarios monfortinos que encuadernaron sus documentos con las hojas de pergamino del códice.

Esto tiene una explicación: los pergaminos soportan muy bien el paso del tiempo, pero a medida que avanzaban los siglos, se iban desperdigando, dejaban de tener interés y a veces ni entendían lo que decían. Muchos eran vendidos en fajos para ser reutilizados, y por ejemplo los notarios podían comprar esos viejos pergaminos medievales para encuadernar sus documentos.

Alzado de una de las torres de la Catedral
Alzado de una de las torres de la Catedral ALBERTO LÓPEZ

El contrato para construir las torres de la Catedral de Lugo

En un protocolo notarial se localizó el contrato que el cabildo de la Catedral de Lugo firmó con el arquitecto Gaspar de Arce para dar vida a las torres del templo allá por 1575. Entre los fondos que conserva el archivo está el diseño del alzado y de la planta de la torre de las campanas realizado por Gaspar de Arce en el último tercio del XVI.

Pero las joyas históricas que se miman en el archivo lucense dan para mucho más. Se pueden ver planos de la desamortización de Mendizábal, fotos del catastro de rústica de los años 50, actas notariales del Concello de Lugo que incluyen documentos de cierta importancia, algunos firmados por el Rey y con sellos de placa; un precioso mapa de Coello de la provincia de Lugo que data del 1864, y sobre todo, cientos y cientos de protocolos notariales. También placas y negativos fotográficos llenos de historia.

El pergamino del siglo XI es el documento más antiguo que custodian
El pergamino del siglo XI es el documento más antiguo que custodian ALBERTO LÓPEZ

Un fragmento que recorre el linaje del Rey David

El documento más antiguo que se encuentra en el archivo lucense data del siglo XI. Se trata de dos fragmentos de una biblia visigótica. En uno de los pergaminos se narra la genealogía del Rey David y el otro pertenece al Libro de los Paralipómenos. Dos joyas que se descubrieron, como muchos otros documentos, al servir como encuadernación a unos protocolos notariales.

El catastro de Ensenada describe la parroquias lucenses del siglo XVIII
El catastro de Ensenada describe la parroquias lucenses del siglo XVIII ALBERTO LÓPEZ

Cada parroquia lucense, retratada en el siglo XVIII

A mediados del siglo XVIII el Marqués de la Ensenada, ministro de Fernando VI, quiso impulsar un cambio en el cobro de los impuestos indirectos (que finalmente quedaría en agua de borrajas). Para ello puso en marcha un interrogatorio en todas las poblaciones de la corte de Castilla, en el que se recopilaba una inmensa cantidad de información. Desde cuántos molinos había en la parroquia, a si había minas, qué cultivos, cómo eran las viviendas.... Todo, en base a 40 preguntas que acabaron dando vida a miles de tomos.

En la provincia de Lugo se realizó el cuestionario entre los años 1751 y 1753, y hoy se custodian en el archivo provincial 5.000 libros (eran 5 por parroquia) con toda esa información detallada. Como anécdota, aún hoy para dirimir algún debate parroquial sobre lindes o montes comunes se recurre al catastro del Marqués de la Ensenada.

Un archivo histórico con atención prehistórica

 Manuel F. Darriba

La visita de un particular al Archivo Histórico Provincial no arroja el mismo grado de satisfacción que cuando llama la prensa para preguntar por las joyas bibliográficas. En algunos casos deja una gran insatisfacción, e incluso enfado, hasta el punto de pensar que no se puede seguir pagando en el siglo XXI a funcionarios que creen que están para perjudicar a los ciudadanos en vez de para servirlos.

Ocurrió esta misma semana. Viajo desde Vigo a Lugo para acudir al Archivo Histórico Provincial a dilucidar unos deslindes antiguos con una vecina. Ella tiene solicitada la cita para las once de la mañana, y la primera sorpresa desagradable se produce cuando solo le permiten entrar a ella, por las medidas anticovid implantadas por la señora directora, como ella mismo dijo. Empezamos mal. Primero porque nadie la había advertido de que la cita era para una sola persona. Y en segundo lugar, porque de poco serviría una cita individual cuando se trata de dos partes que estudian un deslinde.

Para no perder el viaje desde Vigo y el día pedido en el trabajo, hubo que recurrir al amigo del amigo; algo que sigue funcionando en esta ciudad romana, que parece medieval. Después todo eran facilidades, pero antes, éramos casi vasallos. Ya digo, medieval. No se podía contestar al móvil «porque hay gente trabajando o investigando», como si fuese el único lugar de la administración donde se trabaja. Había una sola persona en todas las mesas de la sala, y no entró nadie más porque no daban cita, atendiendo a esas directrices de la directora.

Ciertamente, la sensación era de tranquilidad. Casi aburrimiento.

Después de revisar los mapas, la impresora de planos no funcionaba y no pude llevarme la copia. «La puede buscar usted en la página Galiciana, que ahí viene todo». Imagínense que cara pondrá un señor que no sabe quien es Internet cuando le digan eso. Ni explicación ante una pantalla de un ordenador, ni un papel con una ruta a seguir. Nada.

Solo pude llevarme unas fotocopias de cédulas de propiedad, sin compulsar, porque para eso se necesitaban como mínimo ¡otras dos semanas! Descomunal carga de trabajo deben de tener estos funcionarios para tardar diez días en poner un sello.

Cada fotocopia cuesta un euro y cinco céntimos! Tengo el justificante de pago. El papel no es de oro, sino simples fotocopias A-4. Es decir, por 30 fotocopias deberíamos haber pagado 31,5 céntimos. Pero pagué 35,20 euros. Alguien se equivocó y aplicó 3,7 euros de más. Pero el atraco no es lo peor, ni la propina (quizá un error involuntario), sino que cuando vas a pagar, te mandan ir al banco, porque parece que algún funcionario no quiere cobrar en el propio archivo. Imagínense ir al banco, sin cita previa en tiempos de covid después de las once. Pedí pago telemático, y me enviaron a la página de la Agencia Tributaria de Galicia. Como era de esperar, no fue posible pagar. «Alguna vez funciona, pero otras no», informaron. En fin, hubo suerte, pude entrar en un banco y liquidar. Al volver con la tasa pagada y marcharme con las fotocopias, me alivió despedir al funcionario a-funcional colocado cerca de la puerta y con cara de pocos amigos, quizá para disuadir a quienes se acerquen al edificio prehistórico.