Terra a nosa


Hace un montón de tiempo -final de los 60- ingresábamos mi hermano y yo en un sórdido internado de Pucela. Recuerdo dos maletas negras miserables y dos inmundas bolsas de deporte de color marfil con la leyenda «terra a nosa». Las maletas aun pasaban, pues su mísera apariencia iba acorde con los tiempos, pero las bolsas indiscretas cantaban que daba gusto allá por donde fueran. Así que como con el acento había bastante, Nolo y yo -dos mocosos recién salidos de la aldea-, decidimos esconderlas por vergüenza.

Sabido es que a día de hoy el espécimen anda al alza, extendiéndose su hábitat entre las más bajas estancias y los altos estamentos; en tiempos, sin embargo, el epíteto «paleto» se asignaba por razón de procedencia. Luego me di cuenta de que en asuntos de ignorancia la cosa iba por barrios. Me extrañaba que mis compañeros no supieran que aquí en Lugo disfrutamos de magnífica muralla.

?¿De Exín Castillos? ?se burlaban. Y a mí sus burlas me roían las entrañas.

?¿De quién era la culpa -me pregunto ahora-, suya o nuestra? Nunca fuimos muy proclives a meterle el «terra a nosa» en los fuciños al vecino y hay que hacerlo; si no, no vienen. Muralla y catedral, casco histórico..., pero también gozamos de estupendo cementerio y magnífico mausoleo neogótico, que según National Geographic, es de lo mejor del mundo en el sector. Y eso hay que saberlo.

En el año 19 fuimos la tercera capital gallega en incremento de turistas. Y eso está muy bien. Pero, a ver, quizá mostrando fuera el «terra a nosa» sin complejos nos hubiera ido mejor. Desde mi ventana aquí en el alto, yo ahí lo dejo.

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