Segunda semana


En esta segunda semana de encierro beatífico me estoy planteando el suicidio. No porque me encuentre deprimido, ni mucho menos, sino por lo que dicen algunos de los gerifaltes que adornan puestos políticos en Europa o en los EE.UU. Christine Lagarde, la anciana que preside el Banco Central Europeo, que cobra un pastón, después de decir tiempo ha que deberían bajarse los salarios ha salido ahora con otra burrada. Según ella, hay demasiados viejos en Europa -lo dice ella que anda por los 70-, y por tanto hay que tomar medidas. Holocausto para ancianos, ya. Un gobernador de un estado de EE.UU. se quedó tan pancho después de apostillar que los viejos deberían inmolarse para que los jóvenes vivan. A mí, sinceramente, más que inmolarme me mola más circular por este mundo traidor.

En este desbarajuste de ideas empiezo a tener cada vez menos claro cuándo debo aplaudir, a quién y a qué hora. A las ocho hay que aplaudir a los sanitarios, que esos sí que merecen el premio Princesa de Asturias; cuando habla el Rey, para que su papá el Campechano entregue ese ciento de millones de euros que llegaron a sus arcas de un modo torticero, a la sanidad pública para ayudar en la lucha contra el coronavirus; y a otra hora que anuncian las redes, a aplaudir contra el Gobierno cuando Sánchez comparece ante los medios de comunicación. Escucho en la radio que el barril de petróleo sigue bajando de forma alocada. Paso por delante de un par de gasolineras camino del súper para hacer mi compra semanal y observo que los precios siguen inamovibles.

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