Lugo ha comenzado a dejar de ser la Ciudad del Escremento (Manolo Sicart, dixit), para convertirse en un lugar europeo en el que las diferentes culturas, y opiniones dejan de ser las únicas ante el nacional catolicismo. Una prueba más, además de las mezquitas que existen en la ciudad, ha sido la celebración en nuestra ciudad el pasado fin de semana de la asamblea masónica de la Gran Logia de Castilla, con los máximos representantes de 14 logias, y con la presencia de Óscar de Alfonso, líder de todas las logias españolas.
Sus dirigentes fueron recibidos oficialmente en el Ayuntamiento; luego dieron una conferencia en el Círculo de las Artes y la posterior asamblea en un hotel lucense.
Esa gente, a la que Franco atribuía una conspiración con los judíos y comunistas, ha estado en Lugo, ha hecho sus reuniones, y no ha pasado nada. O sea, vuelta a la normalidad democrática.
En los campos de concentración nazis fueron asesinados más de 200.000 masones, una pequeña parte eran gallegos y mientras se rehabilita a los asesinados en las cunetas, con los masones y los guerrilleros antifranquistas que malvivieron y lucharon en nuestros montes, el olvido ha sido notable. Hasta hoy.
Los masones han estado en Lugo. Se han reunido, han dado la cara demostrando que al igual que en el resto del mundo, excepto en las dictaduras, no tienen rabos, ni cuernos, ni muerden. Sean bienvenidos porque han dado un aire de libertad a la ciudad y sobre todo, han demostrado que son ciudadanos que siguen buscando aquella utopía de la revolución francesa de igualdad, libertad y fraternidad. Y en ello siguen.