lugo / la voz

Adentrarse en el recinto ferial es como recibir de golpe un chute sensorial. Un asalto constante a la vista, al olfato y al oído, y para muchos, también al gusto y al tacto. Cada puesto es una oda al catálogo cromático de Pantone al que se suman las luces. En un punto escuchas la música de Rosalía como reclamo para que los pequeños se suban a una atracción, y a veinte metros la tómbola de los jamones recita las virtudes de sus chacinas. Si a esto se le añaden la mezcla de olores que van desde las garrapiñadas al churrasco pasando por los obligatorios churros y patatas fritas, el resultado es una montaña rusa para los sentidos.

Así es el San Froilán. Una fiesta que este sábado abarrotó la ciudad. Sacó a familias enteras a la calle que aprovecharon el día casi primaveral que acompañó a la gran fiesta del otoño. El cambio de estación se notaba nada más cruzar las luces que informan del acceso al ferial, donde un castañero despachaba sin tregua uno de los productos estrella del otoño. Para degustar, y también para templar las manos cuando las temperatura bajan.

Los puestos, los habituales. Una sucesión que va desde los clásicos con ropa y bolsos al por mayor a los de dulces tradicionales para desembocar en dos arterias. La que conduce a las atracciones para todos los públicos y la que invita a hacer gozar al paladar en las clásicas casetas del pulpo.

««¡Nós non temos whatsapp, pero xuntámonos igual!», proclama una señora de Valdoviño que se ha reunido con amigos de Portugal, Ferrol, Inglaterra y hasta Malasia. Ya han disfrutado del pulpo pero les queda mucha gana de fiesta. Esa es la tónica general. Grupos de amigos que encuentran el San Froilán como excusa para reencontrarse, familias de varias generaciones que se reúnen, peñas fieles a la tradición. Las fiestas de Lugo y el pulpo son la excusa perfecta para celebrar la vida.

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«¡Nós non temos whatsapp, pero xuntámonos igual!»