Ausencia

Antón Grande TRIBUNA

LUGO

06 oct 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Esta será la tercera vez que faltaré al San Froilán. La primera fue en 1974 cuando me encontraba en la antigua Yugoslavia después de pasar por Francia e Italia. Con un compañero de universidad con el que hacía este viaje, y tras unas cuantas vueltas, logramos hacernos con una barra de pan, una botella de vino tinto y unas latas de «Cefalopodus. Cariño. Galicia. Spain» que así rezaban las cajas que contenían las latas que adquirimos en una especie de supermercado. Y así, con este material ya dispuesto y sentados en un banco de un parque público de Rijeka, homenajeamos merecidamente al santo patrono.

Mi segunda falta fue el pasado año cuando celebré el festejo en León, ciudad de la que San Froilán es también patrón y en donde, además, está enterrado en La Colegiata, un precioso edificio que recomiendo visitar y comer en su posada.

Este año tampoco estaré pues me encuentro de viaje fuera de la ciudad aunque espero estar el último día, el 12, fiesta del Pilar, para felicitar a mi cuñada Pili y de paso, a ver si me invita a comer.

Lo primero que haré al llegar será mirar al cielo. Si luce el sol, la fiesta está asegurada pues poco importan las barracas o los espectáculos, lo que marca el triunfo es el buen tiempo. Me sumergiré en el ferial, me sorprenderé con algún carrusel procurando, eso sí, esquivar las casetas del pulpo, pasearé entre la gente y los vendedores y después de esta inmersión festivalera gritaré ¡Viva San Froilán! que como bien decía aquel glotón paisano nuestro, «é un santo moi cheo» y yo, a juzgar por las toneladas de pulpo que se van a papar durante este mes, que viene a ser la prolongación de las patronales, no soy quien para poner en duda tal afirmación.