Más de 200.000 objetos del rastro de la Ronda quedan «huérfanos» por la muerte de su dueño

Una fulminante enfermedad acabó en pocos días con la vida del empresario Jesús Granja Alvela


lugo / la voz

Una fulminante enfermedad se llevó en pocos días a Jesús Granja Alvela, el propietario de uno de los rastros más gigantescos de la capital lucense. En el amplísimo bajo de la Ronda da Muralla 177 quedan «huérfanos» más de 200.000 objetos de todo tipo. Posiblemente esa cantidad incluso se quede corta porque el negocio estaba a reventar. El fallecido había creado la empresa Eiteiriño Cash Center S. L., dedicada a la compra y venta de artículos de segunda mano.

Quienes conocían a Alvela explicaron que hace unos días se sintió indispuesto. Acudió al HULA porque consideraba que podría estarle ocurriendo algo grave, pero los médicos le dijeron que lo que le pasaba no tenía importancia. Volvió a su negocio para atender a la clientela, pero su salud empeoró. Regresó de nuevo al centro asistencial y quedó ingresado. Le diagnosticaron una grave dolencia, pero parece que el pronóstico era muy favorable. No fue así y el pasado miércoles, el empresario, de 60 años, falleció. Ayer tuvo lugar la incineración y hoy, a las once de la mañana, se celebrará el funeral en la iglesia de Santa Cruz de Rivadulla (Vedra), de donde era natural.

El rastrillo de la Ronda da Muralla es una gigantesca trinchera que, en vez de alambres, está llena de cachivaches de todo tipo. La circulación solo es posible por dos reducidos pasillos y las posibilidades de mandar al suelo algún objeto son múltiples. Era raro el día en el que al menos un par de clientes no acabasen por derribar algo de las estanterías en las que todo estaba amontonado, pero con un relativo orden aunque la primera sensación al entrar fuera de desconcierto y caos absoluto.

Cuentan los clientes habituales que Jesús nunca se enfadó cuando alguno de los objetos acababa en el suelo tirado por los clientes menos ágiles. El empresario, que como suele ser habitual en el sector, pedía por las cosas más de la cuenta para luego entrar en el juego del regateo, encajaba bien y con toda tranquilidad las espectaculares bajadas de precio que hacían algunos clientes que ya conocían el asunto.

En el bajo de la ronda más libros que en la biblioteca municipal de Frigsa. Hay quien asegura que son más de ocho mil volúmenes. Hubo momentos en los que estaban a disposición de los clientes la mayor parte de los volúmenes publicados por Xerais, a mitad de precio con relación a una librería. Allí están también numerosas colecciones de la Enciclopedia Gallega, miles de revistas de todo tipo, periódicos antiguos, novelas románticas, guías de viajes. En la trastienda del negocio hay montones de libros por los que Jesús pagaba últimamente veinte céntimos por ejemplar. Recibía tantas ofertas de compra que tenía que hacer una selección.

El rastrillo tiene por lo menos otros ocho mil discos y cedés. A veces algún cliente se ilusionaba porque encontraba una rareza, pero lo único que quedaba de ella era la carátula.

«Hai tantos vasos, pratos e cousas de cociña coma no Ikea da Coruña», dijo ayer una mujer que acudió al establecimiento y se encontró con un cartel que informaba del cierre temporal por cuestiones familiares. Jesús Granja, recibía diariamente a decenas de personas que le ofrecían artículos tan variados como, por ejemplo, ropa de cama. En algún momento dedicó especial atención a móviles, cargadores y ordenadores porque llegaron a tener un buen mercado entre la población inmigrante.

En las estanterías había radios, máquinas de escribir antiguas, fotografías, botellas de gaseosa, herramientas de todo tipo, trajes para hacer surf, bicicletas. En fin, un rastillo con todas las de la ley. No era fácil encontrar lo que se buscaba, pero era difícil salir sin comprar algo.

Era tal la cantidad de objetos que estos llegaban casi a la calle. Detrás de la verja metálica, bajada desde hace unos días, se agolpan muebles, ordenadores e incluso una báscula.

«Jesús era un hombre razonable, constructivo, correctísimo. Vivía y dejaba vivir. Incluso vendía a personas que luego revendían a través de Internet. No se incomodaba por nada.», dijo ayer Luis L. Pombo, cliente y amigo del fallecido..

Granja Alvela, fue uno de los primeros empresarios en abrir un negocio de las características del de la ronda en la capital lucense hace unos veinticinco años. Tuvo éxito e incluso puso establecimientos en Santiago y A Coruña.

Un comprador llevaba el dinero guardado en un tubo de las pastillas

Jesús Granja tenía en su tienda clientes peculiares. Había uno, recuerda Luis L. Pombo, que llevaba el dinero guardado en un tubo de la Couldina. Otro se presentó ante el responsable del negocio y le dijo: «Jesús, cuando tengas algo nuevo, primero me lo enseñas a mí y luego si me interesa el precio que le pongas, te lo compro». «Muchos, entre los que me incluyo, echaremos de menos esa tienda en la que algunos decían encontrar maravillas y otros se quejaban de no poder moverse», explicó Luis L. Pombo.

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Más de 200.000 objetos del rastro de la Ronda quedan «huérfanos» por la muerte de su dueño