En un universo de existencias físicas creadas por el hombre, tiempo ha, pocas le eran afines como la Escultura, quien lo impulsaba a tomar conciencia de su propio ser al hacerle de «doble» y le resultaba familiar, incluso por los materiales esenciales que la conformaban (piedra, madera, hierro?). Ambos compartían espacios. Pero pasaron los años y ella fue abandonada por el hado, deshumanizada, alejada de la naturaleza...
Un concepto a reivindicar en el arte, frente al cinismo y descreimiento tan de actualidad, es el que asociamos con la palabra veneración. Xoán Vila respeta la madera, su forma y color; su magia. La modifica únicamente para animarla, convirtiéndola en emisora de diversos mensajes que utilizan un código natural bendito de inefabilidad y poder totémico. Se diría que sus piezas, mediante la ternura con que ha sido tratada la materia al realizarlas, nos devuelven el mito del buen salvaje en alguna de sus variantes.
El artista se deja guiar por la consideración para dar vida y sustento a una realidad deliciosa que habitan gozo, espontaneidad y atavismo refinado (primitivismo en la base de la verdadera vanguardia). Su obra muestra sin fisuras pensamientos y querencias que le son propios: apego a la sencillez, insumisión a determinadas dictaduras de la imagen?
Libertad y creatividad se hallan al descubierto, bellas sin duda. El escultor es un magnífico ejemplo de lo que significa poseer un mundo singular en medio de autores esquivos aún sometidos al formalismo huero y a la censura impuesta por ellos mismos, quienes, sin falta, califican de rudimentarios a los atrevidos por poner ojos, narices y miembros a sus piezas o dejar la madera en pura piel, como si hubiese algo de malo en la franqueza con que afrontan su trabajo.
Xoán Vila hace lo que desea, lo que le viene en gana, escapa a clasificaciones y cacerías de parecidos sin endeudarse con estos y aquellos movimientos artísticos más o menos efímeros. Le da lo mismo esculpir fetiches oceánicos que ejercer de tallista medieval, sin que nada lo prive, por otra parte, de solazarse con ejercicios modernos, poniendo en ellos gracia y humor.
Enfrentándose a lo monstruoso, ha construido una comunidad bien avenida de especies de todo tipo dotadas de un dinamismo y vivacidad inusuales, tal si emergieran de algún magma en plena actividad volcánica. Ha preservado, además, el espacio destinado a la fascinación, la curiosidad y el asombro; lo ha logrado concediéndole traslado al interior del botecillo de cristal sin límites en que cabe hasta una biblioteca donde se guarda «La Gran Enciclopedia de lo Suyo».
Admira y conmueve.