La final de la Copa Princesa, ese extraño trofeo que no sabemos para qué sirve, ofrece una semana de tregua que al Breogán le tiene que venir de maravilla para parar esta vorágine en la que está sumergido. Enloquecidos dirigentes y técnicos en la confección de una nueva plantilla, todas las operaciones se cierran al galope, como si no hubiera mañana. Y en realidad el único objetivo posible no comienza hasta dentro de tres meses, por mucho que a partir de ahora nos quieran vender como una hazaña clasificarse para el play off. Hacía falta un cinco; inmediatamente Pep Ortega, buen jugador, pero que de cinco tiene poco. ¿Un tirador? Jeff Xavier al instante. Para dejar hueco a un cinco, milagrosamente le surge un problema familiar a Travis Nelson. Y, de nuevo, al mercado como locos. Pero nadie ha contestado a la pregunta del millón: ¿De verdad que esta plantilla en el desguace no daba para ganar más de ocho partidos? A base de connivencias y de engaños se ha llegado a la actual situación. ¿Malos resultados a causa de los nervios? Por favor, quién se puede creer que el Breogán se pone nervioso por jugar contra el Leyma u otro equipo de ese nivel.
Y ahora, de repente, otra fábula: El año próximo volveremos a ser grandes, el en su día denostado Jesús Lence se hará cargo del club y no habrá problemas. Pero Leche Río lo único que ha hecho ha sido comprar a última hora el 20% de las acciones que se pusieron a la venta. Lo que hizo en realidad fue un favor, porque dos o tres días más tarde el valor de las acciones sería menor gracias a los fenómenos que rigen este club. Pero eso no significa que el dueño de Leche Río piense en tener ningún protagonismo en el Breogán, en absoluto. Otra cosa es que ceda su paquete accionarial para reforzar el proyecto que le parezca oportuno. Que no faltará, seguro. Pero esa idea de verle al frente de la sociedad es una quimera. Cuando esta reata de políticos se vaya, empezará un nuevo tiempo. Pero todas las barbaridades de estos años serán una pesada hipoteca.