A la vista de lo que se nos ofrece, la política lucense no parece otra cosa que una actividad social de desguace, de aprovechamiento, de restos que se transmutan para ser lo que nunca fueron o no quisieron ser. O quizá si aunque realmente no lo esperasen.
En el ayuntamiento, una alcaldesa que iba para presidenta de la Diputación se encontró de repente con el bastón de mando de la casona de la Praza Maior, en una política de desguace que continúa entre los miembros de su partido en la Corporación municipal. Susana Rielo, que va y viene, algo así como el Guadiana municipal, sustituye a Grandío que comenzó su desguace cuando le empaquetaron el servicio de aguas, añadido con algún otro problema que no vamos a comentar aquí.
Darío Campos, quién se lo iba a decir, llegó de rebote a la presidencia de la Diputación, en una política de desguace que va desde Becerreá a la calle San Marcos, recogiendo lo servible y lo que marcan los mecánicos del nacionalismo, que también tienen sus restos mortuorios en otras provincias de Galicia.
Manolo Martínez, otrora azote de Cacharro Pardo, es ahora una bomba de inyección en la Diputación, funcionando según los impulsos que le llegan por rencores, amores desechados y corazón partido.
En el PP municipal, a Quique Rozas lo tienen en desguace mientras que el encargado de su empresa aprovecha tuercas sueltas para intentar atar cabos con la oposición, en una política de remiendos y contrastes sorprendente.
El desguace llega hasta los recién nombrados cargos lucenses para el Consejo de la RTVG, motores quemados pero bien pagados. Y tanto. O en el Senado, por viajar algo por España.
Lo curioso es que las piezas que pueden adquirirse en los desguaces de vehículos son más baratas que las nuevas y, por lo general, dan buen resultado. En estos desguaces políticos sucede lo contrario, nos salen en un huevo de la cara. Será porque hay desguaces de primera y de segunda. Pero sus piezas no dejan de ser de desecho.