Entre cofrades

Pablo Núñez

LUGO

Ya casi se escuchan los tambores romanos que acompañan a la Borriquita; se perciben los nervios a flor de piel en los cofrades; y se intuyen silencios quizá interrumpidos por una saeta. Días especiales para los que creen, y de fiesta para los que no, y como afirma un amigo citando a un páter de Castroverde: «mal tampouco lles vai facer».

Desde niño disfruté la Semana Santa y siempre en las calles de mi ciudad. Todo niño tiene «su procesión». Mi hermana Lucía era de la Borriquita, que luego trocó por los uniformes de sus «marineritos». Mamá las disfruta todas, pero creo que más con la Virgen de los Dolores, tal vez porque comparte nombre con ella, siempre majestuosa en su trono y siempre triste con su corazón partido. Y yo, como papá, pintaba mi alma de verde, la mía fue siempre, es y será La Esperanza. Con Mari Cruz llegó la familia sevillana. Imagínense: pasión en las venas. Pero mantuve mi fidelidad a los humildes pasos lucenses.

Ya se preparan las palmas y las mantillas; y se enderezan los capuchones. Quizá Laura vuelva a gritar ¡guapa! en la calle de la Reina con el pronto acompañamiento de Arturo y la sorpresa de los que nos rodean. Ella «tira» a Sevilla.

Estación especial: la catedral, que este año luce más bella. Y le pese a quien le pese, por el empeño de José Blanco. Concello y Diputación -el presidente Gómez Besteiro es desde el año pasado cofrade de honor de La Esperanza-, siempre caminando con las cofradías, todas ellas alma, entrega y corazón. Y yo. Yo, como cuando era niño, sigo soñando en verde.