De Castro a Calde, mi primer bus

Xosé Carreira LUGO / LA VOZ

LUGO

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Muchos de los 79 trasladados ayer llevaban 30 años sin subir a un autocar

16 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

El manicomio de Castro dejó de existir a las 10,57 de ayer. A esa hora partió el segundo autobús con los últimos inquilinos de un centro abierto desde hace más de medio siglo. Entre los pasajeros de ese viaje hacia Calde figuraban varios que llevaban más de treinta años sin montar en un autocar. Sus padecimientos mentales les condenaron a un aislamiento duro y, por lo visto ayer, a un olvido por parte de familiares y amigos.

No hay constancia de que en ese trascendental cambio -suponía para todos romper con un modelo de vida al que estaban acostumbrados y aferrados- estuvieran presentes parientes de los residentes. Esa presunta falta de apoyo familiar quedó cubierta, y con creces, por el personal al que le tocó realizar el cambio. Demostró profesionalidad y, sobre todo, afecto. Para alguien ajeno a la institución resultaba sobrecogedor ver salir a la mayoría de los internos con una bolsa de plástico con unas pocas pertenencias.

Viendo los armarios y algunas de las habitaciones, todo parece indicar que muchos no pudieron llevar a su nuevo hospital todas sus pertenencias. Quizá se las lleven hoy... Quizá hoy le permitan a alguno tener su guitarra, que quedó huérfana a en la silla de la habitación.

El afecto mostrado por algunos de los empleados o cuidadores llegó a extremos de que cuando un interno se enrabietó porque no tenía tabaco, corrió a buscarle un cigarrillo para ofrecérselo. Y quien lo demandaba, todavía encaprichado, lo aceptó a regañadientes. La cara de ese mismo paciente unos minutos después era la del hombre más feliz del mundo, cuando otro cuidador recuperó las dos cajetillas que había olvidado en su habitación.

Reparto de Ducados

Es un contrasentido, pero el tabaco es esencial en la vida del psiquiátrico. Los largos pasillos estaban habitualmente llenos de humo. Por eso mismo, otro trabajador ofrecía un Ducados a algunos de los que esperaban sentados a obtener billete para el bus.

Primero marcharon tres pacientes con problemas de movilidad; luego, se fueron los «tranquilos». Quedaron para el final 35 hombres que permanecieron en uno de los comedores del pabellón Torremolinos. Dicen que alguno se aferró duramente a la silla cuando llegó su turno para salir. Sin embargo no hubo oposición alguna a la hora de subir al autocar.

En la mudanza hubo 79 pacientes. El resto, hasta los 99 que había hace mes y pico, fueron repartidos por otros sitios y, según comentaron algunos trabajadores, no de una manera muy afortunada. «A O Valladolid, por ejemplo, le quitaron a uno de sus amigos inseparables y lo trasladaron a Ferrol. A él se lo llevaron a la provincia de Ourense», señalaron. Entre esas versiones críticas hay algunas duras, pero por ahora nadie las avala con pruebas.