Ficha del Palé

LUGO

Me he convertido en ficha del Palé. Ni siquiera me quedan arrestos para elevar esta metamorfosis al nivel de pieza del Monopoly, no vaya a ser que la ostentación ponga en guardia a las agencias de calificación e incluso pierda el poco brillo que me ha dado el sudoroso dedo del arruinado jugador que me deslizaba de casilla en casilla.

Empecé la partida al mismo tiempo que otras fichas de diferentes colores. Nos movíamos llenas de felicidad porque aquellos que lanzaban los dos dados sobre el tapete y apretaban nuestros finos cuerpos plásticos para movernos, acumulaban billetes y propiedades suficientes para garantizarnos una larga existencia. No nos molestaban la ceniza de los puros, ni las gotas de los cubalibres, ni el mal aliento que desprendían las carcajadas de los contendientes en plena orgía mercantil. Lo nuestro era ayudar a acumular casas, hoteles, bares... y dinero, mucho dinero.

Con mucha más velocidad que la que habíamos necesitado para convertirnos en fichas felices, caímos en la depresión porque los dueños de los dedos que nos movían de casilla en casilla fueron perdiendo, primero, el dinero; luego, los inmuebles; y finalmente, incluso gestos amables, como los préstamos al compañero de mesa para que recuperara su posición.

Así fue como las fichas desaparecimos del tapete casi al mismo tiempo que proclamaban su ruina aquellos que nos deslizaban. Acabamos depositadas en la caja de plástico negro. Cada vez que nos juntaban allí, nos preguntábamos adónde iría a parar el dinero que solía acabar en manos de uno o de dos jugadores, porque no sabíamos que era de juguete.