Jesús Leiro Soengas es un autodidacta en la carpintería, una profesión que tradicionalmente se aprendía con un maestro. Él se las entendió solo, con la única orientación de ver al padre cuando realizaba algo para uso propio o de algún vecino. Con el tiempo montó un taller en Monterroso, que ahora lleva su hijo Jesús Manuel, pero las visitas siguen siendo diarias porque, como muchos otros profesionales, vive en el mismo edificio y presta asesoramiento cuando es necesario.
En la familia son ya tres generaciones de Jesús y otras tantas de carpinteros. El abuelo emigró de Sirgal a Cuba, donde trabajó en la construcción de vagones de tranvía, que por entonces tenían la carrocería de madera. Regresó de la emigración con una buena colección de herramientas, pese a lo cual no quiso saber nada de carpintear y se dedicó a la agricultura y a la ganadería, como lo habían hecho siempre en la familia. En los ratos libres o cuando era necesario hacía un utensilio o un apero de labranza para su propia casa o para algún vecino.
Jesús Leiro Soengas se fijaba como trabajaba el padre y, como tenía la colección de herramientas, a los 17 años comenzó a practicar y a hacer cosas. «Collín afición e, como se me daba ben, facía algo de todo», señala. Estuvo aprendiendo y practicando por su cuenta hasta los 23 años, que fue cuando se decidió a dedicarse profesionalmente a al oficio, que la agricultura no lo entusiasmaba.
Alquiló un bajo en la calle Benigno Vázquez y, con la colaboración económica del padre, compró una cepilladora y comenzó a trabajar en serio. Ni siquiera había luz eléctrica en el local y la máquina funcionaba con un motor a gasolina.
«Os primeiros anos foron duros porque había moita competencia; Monterroso tiña daquela outros catro ou cinco carpinteiros». Sin embargo, solamente él tenía la cepilladora y consiguió salir adelante.
Empezó haciendo puertas y ventanas, pero también aperos de labranza y cualquier otro encargo. Durante un tiempo los muebles clásicos ocupaban buena parte de su actividad, pero comenzaron a proliferar los muebles lisos y de fábrica, y tuvo que ir «seguindo o mercado, porque non podiamos competir cos fabricados en serie». Jesús asegura que la mejor época para su negocio fue entre los años 1968 y 1975, cuando llegó a tener una decena de empleados. Fue una etapa de construcción de muchas casas y toda la carpintería, tanto la interior como la exterior, era de madera.
Ahora trabajan en ella su hijo y dos empleados, uno es su hermano, que lleva muchos años con él. De Jesús Manuel dice que no quiso estudiar y que, como nunca se vio en la situación que tuvo él cuando empezó, no heredó su espíritu de sacrificio pero, aunque no talla, es mejor carpintero que el padre.
Cuando el aluminio se generalizó en la construcción de ventanas y carpintería, tuvo que reorientar el negocio y comenzó a montar tarima, muebles de cocina y armarios empotrados. Su clientela abarca la comarca y lugares como Chantada, Lugo o Ponferrada. Desde hace dos años las largas listas de espera casi no existen y en este tiempo se quedaron por el camino los clientes constructores, sobre todo uno, y el dinero de unas cuantas deudas. También hay mucha competencia desleal, pero se muestra comprensivo porque dice que los parados de algo tienen que vivir.
Jesús Leiro Soengas
La astilla
Jesús Manuel Leiro Méndez
El padre tiene 78 años y el hijo cumplió 43.
Carpinteros en Monterroso