Josiño Abalde montó su autobús en el bien cuidado césped del Ángel Carro, muy alejado de su meta Alberto, casi en la divisoria central. Y lo hizo sin rubor, formando una muralla de dos líneas paralelas muy juntas, con cinco por detrás y cuatro por delante. Un descarado 5-4-1, con Santi Domínguez como llanero solitario. Achicó todos los espacios posibles, al amparo del aliento de un buen número de seguidores, y le hizo la vida imposible al líder. Que, a cuatro jornadas del epílogo, mantiene los ocho puntos de renta sobre el segundo, ahora el Guadalajara, compartiendo plaza con el Castilla. Eso, sí, el nuevo inquilino del segundo puesto le gana el golaveraje parcial a los lucenses, en el caso muy improbable de empate final a puntos. Las matemáticas sitúan el alirón lucense a cinco. Y ése es un colchón de garantías, salvo catástrofe. El Coruxo respondió a su fama de equipo rocoso, muy bien trabajado, espartano y pretoriano al límite. Es una auténtica lapa para su rival, sobre todo, si éste, como el Lugo de anteayer, muestra su peor cara casera. Sin ritmo, lento, parsimonioso, siempre impreciso en los pases más sencillos, la opacidad rojiblanca fue absoluta en todas las facetas. Gracias a que los visitantes tampoco fueron ambiciosos nunca, y firmaron el empate antes de saltar al campo. Pero Escalona nos devolvió a la taquicardia en uno de sus infantilismos habituales, cuando se aleja de su mejor cara de sobriedad. Un balón muerto de una cesión casi se lo traga. Menos mal que la velocidad del esférico era mínima. Un zurdazo del irregular Arroyo al larguero y un testarazo picado de Azkorra cerca del poste, fueron los únicos latidos de gol de un primer tiempo soporífero. El Lugo casi nunca supo romper por las bandas, y, cuando lo hizo, o faltaba un rematador, o éste fallaba estrepitosamente, o el centro lateral era defectuoso. Sólo la nueva velocidad que Monti le imprimió al sustituido Pita desnudó las grietas defensivas del Coruxo, pero siempre faltó el dominio del remate aéreo. Hasta el poste se interpuso en un gran disparo postrero de Azkorra, en la mejor oportunidad. El empate hasta se hizo bueno al final, con un público tan numeroso como modélico e indulgente.