Se ha presentado el balance sobre criminalidad y delincuencia correspondiente al año pasado. Han puesto los datos sobre la mesa para hacernos ver que todo es maravilloso. Han aportado cifras y porcentajes, chutes de números con la esperanza de que nos quedemos tranquilos. Lástima que los únicos satisfechos sean los que no han sufrido en su propia carne lo que para las autoridades son simples, pero magníficas y propicias, estadísticas.
Hay un ligero incremento de la criminalidad, pero como se debe en gran medida a delitos contra la seguridad vial, éstos puntúan menos. Se olvidan de que un delincuente al volante sigue siendo un delincuente. Cuando mueren personas a causa de ello ningún índice puede parecernos bajo. Que, según algunos, no tengamos que preocuparnos la irrisoria cantidad de violaciones de la ley, no impide que sí nos escandalicemos por la calidad de las mismas. Para ser la urbe con el menor índice de delincuencia en ella se ha asentado un buen saco de garbanzos negros. Con los juzgados atiborrados de causas pendientes contra quienes fueron agentes de la autoridad o sus responsables, no estamos como para vanagloriarnos de nada.
No es razonable que paguen justos por pecadores, nuestro quinto puesto en esclarecimiento de actos delictivos demuestra que muchos están haciendo bien su trabajo. Lo que me admira es la innata capacidad de la política para quitar hierro a las cosas. Si no conseguimos ocultar que se producen delitos porque la gente los denuncia, lo que sí podemos es dejar claro que los que se cometen son escasos, de poca monta y como consecuencia de los tiempos difíciles que atravesamos. Al parecer, salvo en infraestructuras, estamos mejor que en cualquier otro sitio. Ya se sabe, mal de muchos, consuelo de tontos. Pues eso, de tontos.