Cuando el mundo de la cultura sestea espacios de aburrimiento e improvisación, la memoria de Álvaro Gil Varela ilumina la triste galaxia de sirleros, aficionados de trueno y coca, y narcisos de feria y foto.
No salgo de mi asombro. Dios, o San Froilán, han bendecido a Lugo con un hombre «bo e xeneroso» y nos estamos cargando su herencia de brazaletes, arracadas y pulseras. Nos jugamos el increíble torques de Burela, el asombroso carnero alado de Ribadeo, el majestuoso brazalete de Urdiñeira. Su pinacoteca excepcional. Estamos locos.
Álvaro Gil quiso descubrir lo que había detrás de la Muralla o de las riberas del Miño. Anduvo por Alemania, doctorándose en la Universidad de Berlín, cuando aquí descubríamos que América ya no era paraíso y pasta. Paseó por Italia y Francia, abrazando en los museos el prodigio cultural de Europa. Se hizo galleguista republicano; fundó Ronsel; colaboró en Galaxia; y estudió la tierra como ingeniero. Financiero, invirtió en los secretos agrarios y forestales. Fue entonces cuando tuvo el sueño de la Historia.
Le conocí en su sagrado pazo de Lugo, después de hablarme Enrique Santín de sus pasiones por el arte y la ciencia. Llevaba todavía en la mirada la isla de San Simón, donde estuvo preso, pero también el pasado del país gallego, la riqueza de su historia, la nostalgia de su prehistoria.
Su legado no puede salir de Lugo. Su herencia no puede perderse. Su esfuerzo debe quedar aquí. Reúnanse las autoridades con la familia que reclama su herencia. Ya que no tiene una estatua, suden para pactar su legado. Lugo tiene dos milagros: la Muralla y el legado de Álvaro Gil. ¿Me escuchan?
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