El Breo pesca en un mar sin defensa

LUGO

Triunfo para la saca del Breogán, pero pérdida de valor añadido de un equipo lucense al que los adversarios han perdido el respeto. Los celestes superaron al caótico Mallorca con gran sufrimiento. Y eso a pesar de que el concepto defensa parece desconocido para los pupilos de Xavi Sastre. Sin problemas para mantener el flujo anotador a lo largo de la totalidad del compromiso, el Leche Río por fin remató la faena en el último minuto.

Pintó muy mal el arranque, con un 0-8 de parcial para los visitantes. Pero en los partidos contra el Mallorca, las ventajas carecen de sentido. Amparados en una zona 2-3 inoperante, los baleares vieron cómo el golpe inaugural se diluía con rapidez.

Coleman no llegó al encuentro hasta el segundo cuarto, pero entonces los locales ya imperaban en el electrónico ante un adversario espasmódico. Como se preveía, los de Xavi Sastre aplicaron la receta de yo me lo guiso, yo me lo como . Y Green, una eminencia en la incapacidad para leer el baloncesto, fue el máximo exponente de ese estilo.

De esta manera, en medio de un intercambio de golpes que bien podría servir como guión de una película de boxeo, el Breogán supo gestionar unas rentas que casi siempre rondaron los tres o cinco puntos. Nacho Ordín, sin oposición alguna, aprovechó la ocasión para engrasar la muñeca. Y además, Adrien y Coleman se erigieron como los grandes dominadores de los tableros, excepto en algunos instantes de lucidez que vivieron Amador y Northen.

Los bases del Mallorca pasaban desapercibidos por el coliseo celeste. Ardua tarea, dirigir a un puñado de compañeros que sólo pensaban en recibir para lanzar. Y, por fin, dos técnicas de Riera en el tramo final del tercer cuarto, parecían servir como sentencia a favor de un Leche Río que se disparaba en el electrónico (65-56).

Pero el peligro del cuadro balear es que, si dos lanzamientos se van al canto del tablero, los dos siguientes pueden traer nubarrones para el rival que se alce enfrente. De hecho, los de Xavi Sastre volvieron a igualar la contienda en el último cuarto (83-83), en un encuentro en el que los protagonistas rechazaban el rol de mandones.

Hasta que apareció uno de los de siempre en el cuadro lucense: Adrien. El norteamericano arrasó en el rebote ofensivo y, apoyado por un Ordín que se casó con el acierto, dio una vuelta de tuerca al ataque lucense para sentenciar el choque. Las defensas aún no habían llegado.