El Breogán deambula sin espíritu

S. Picart

LUGO

Triste imagen la que el Breogán ofreció ayer en las islas Baleares. Los lucenses desembarcaron en Mahón con el deseo de hurgar en la herida de un conjunto que acumulaba cinco derrotas consecutivas en la LEB Oro, pero salieron trasquilados en el intento. La salida en tromba de los locales, sumada a la anarquía y pasividad defensiva que los gallegos ofrecieron durante los cuarenta minutos, fue receta más que suficiente para que la contienda quedase resuelta en apenas diez minutos. Tiempo había para que el Leche Río recuperase el pulso después de un primer cuarto de fuegos artificiales ofensivos por parte de ambos bandos. Pero el paciente no dio respuesta a pesar de que los de Paco Olmos demostraron que la autoconfianza no era uno de sus fuertes después de los recientes golpes encajados.

El Breogán se preparó antes del inicio para dinamitar la moral del Menorca. Un repóker de bofetadas recibidas se antojaba como lastre suficiente para que los de Rubén Domínguez gozasen de sus opciones para atar la victoria. Para ello, los lucenses debían morder a su presa para que no adquiriese una renta clara en el marcador y dejar pasar los minutos para arrear un zarpazo definitivo. Sin embargo, los lucenses no contaban con la motivación extra que exhibió Michael Umeh. El nigeriano, que estuvo a punto de recalar en el club gallego el pasado verano, tiró del conjunto de Paco Olmos en el arranque de manera decisiva. Los locales veían el aro rival como una piscina, también ayudados por una defensa celeste que siempre llegaba con un segundo de retraso a todas partes.

Enseguida, las rentas de los menorquines se dispararon hasta los diez puntos. Y el Breogán, en lugar de apretar los dientes, aceptó el festival del intercambio de golpes para llevar el primer cuarto a dígitos dignos de los Denver Nuggets de los años ochenta (34-24).

Pero los de Paco Olmos no atraviesan su mejor momento anímico de la temporada. Como era previsible, el caudal anotador se detuvo después de que las burbujas inaugurales se evaporasen hacia la atmósfera de Mahón. La excesiva elaboración de los locales chocaba frontalmente con el ataque desordenado de los lucenses. El Breogán resolvía casi todas las acciones en algún uno contra uno, sin espíritu colectivo.

Una vez establecidas las rentas a favor, los baleares gestionaron con tranquilidad su delantera durante el resto del compromiso. Diego Ciorciari impuso un ritmo lento y manejó el tempo a su antojo. Para colmo, todo resultó más sencillo por el hecho de tener enfrente a un adversario sin alma.

Poca solidaridad

El Menorca introdujo velocidad de crucero de cara a un triunfo balsámico. Sólo faltaba ver cómo iban a manejar los locales las situaciones en las que el Leche Río apelase a la defensa en zona. Sin embargo, los lucenses no sacaron provecho de una de las vacunas más prácticas para dormir al cuadro balear.

El mayor problema de los visitantes fue que, una vez desplegada la 2-3, bajaron los brazos. Simplemente, se dedicaron a esperar los fallos de un Menorca que, ante la pasividad del Breogán, encontró posiciones cómodas de lanzamiento en todas las parcelas del ataque. Los ajustes defensivos jamás aparecieron en un Leche Río que, al igual que en la faceta ofensiva, ofreció una preocupante falta de solidaridad. Para más inri, los pívots de los gallegos fueron desplazados de la pintura y devorados por el caos que envolvió las proximidades de su aro.

Jeff Adrien, uno de los baluartes del Breogán en el encuentro de ayer, perdió los papeles en un rifirrafe con Diego Sánchez. Fue el certificado de que las cosas no funcionaron en un conjunto celeste que, a pesar de haber bajado los brazos a las primeras de cambio, trató de salvar los muebles del basketaverage particular. En la ida, los lucenses se había impuesto por doce puntos. Pero el Leche Río se mostró incapaz de llevarse cualquier mínima batalla en Mahón.

Mientras un activo Cuthbert recuperaba la sonrisa en el desenlace, Betinho, que desapareció de la pista como si su baloncesto hubiese sido sumergido en lejía, se perdía en continuas protestas. El virus de la inquietud había cambiado de portador.