Guerra en las azoteas

José Ramón Ónega

LUGO

El otro día, leyendo La Voz, me llevé un susto de muerte. Decía el titular: «La Infantería de Marina desembarca en la Terra Chá». Creí que me daba un soponcio y corrí a la farmacia que todos tenemos en casa, para buscar la pastilla del corazón. Todos llevamos dentro un voyeur, una marujona y hasta un revolucionario. Pero también llevamos en la piel un pusilámine, un alarmista y un samaritano.

Así que bebí la información como quién apura un veneno. Resulta que se trataba de los alumnos de la Escuela Naval de Marín que usan el campamento de Parga para prácticas de campo.

Estamos saturados de miedos y poseídos de sospechas. Estos días el fantasma del pretor romano que habita en los cubos de la muralla, se revolvió en las excavaciones. Primero, fueron los ditirambos de Tráfico, luego la detenciones motorizadas de los jefes baluros de Castro de Rei, más tarde la vergonzosa mafia de los burdeles, y ahora Lara. No me lo puedo creer. Que detengan a mi amiga Lara Méndez es como si detuviesen a la Venus de Milo. Lo gentil, lo bello, no peca ni ofende, no lastima ni perturba. Lara estuvo apenas diez minutos delante de la juez, que no halló en ella, al parecer, culpa ni responsabilidad. No sé si estamos convirtiendo la vida en un tablao, cuando los primeros fríos comienzan a pasearse con un puñal en la mano.

Por eso me alarmó la Infantería de Marina en Parga. A ver, me dije, si la Chaira, que siempre fue mar de soledades, se ha convertido en piélago de guerra. Sólo la estampa de una bella infanta de Marina, armada hasta los dientes, dulcificaba la imagen de guerra. Porque guerra es lo que hay en las azoteas políticas. Entretanto, el personal oye el jaleo y cierra las ventanas.