Botellón e intransigencia

Manuel Piñeiro

LUGO

Somos europeos, y hasta presumimos de serlo. Pero, ¿realmente practicamos el europeísmo de la cultura, del civismo y del respeto a los derechos de los demás? La democracia tiene unas reglas de juego, sin cuyo cumplimiento adulteramos la misma.

Cuando esto sucede, aparecen los iluminados «salvapatrias» de turno, tan al uso de nuestra negra historia. Esos intolerantes que sólo respetan sus propias ideas, aprovechando los yerros ajenos,eso sí, salidos de unas urnas.

En Lugo padecemos, como el resto del país, una de esas dictaduras de la tolerancia malentendida llamada botellón. Es una muestra más de la crisis de valores imperantes en una sociedad enfermiza, decadente y sin rumbo.

Muy pocos gobernantes se atreven a enfrentarse a un problema, donde los menores han tomado las vías públicas como banco de pruebas de sus desmanes. Imponen la ley de la barbarie y destrozan todo el mobiliario urbano, para «divertirse» libremente, a costa del descanso y seguridad ajenas.

Todo ello, ante la mirada indiferente de los gobernantes, más temerosos a perder votos antes que coger el toro por los cuernos. El gobierno local nos anuncia, sin embargo, que esto se va a acabar en el plazo de seis meses, con medidas drásticas. El BNG discrepa y lo califica de medida , más propia de los tiempos del franquismo. Y, como solución salomónica, propone buscar un escenario propicio para la práctica libre del alcoholismo juvenil, a cambio de no molestar a los demás.

Es decir, trasladar el problema a otro lugar y reubicarlo fuera de las miradas castas. No importa que exista una juventud en plena actividad de metástasis alcohólica. Ni que se alimente esa cultura impunemente. Ni que las consecuencias las paguemos todos por una tolerancia inaceptable. El estado de derecho tiene que imponerse a todos los desmanes habidos y por haber. Y a todos los partidos políticos les corresponde la santa obligación de remar en la misma dirección.

Cuando los problemas están enquistados, hay que emplear medidas de choque, aunque éstas sean impopulares. Y nadie puede escandalizarse por ello. ¿Cuántos países europeos permiten el botellón en sus calles? Ninguno. Ni en esto somos europeos.