Una agente colaboradora trabaja en la localidad tras los cambios introducidos en la sucursal, que motivaron diversas protestas durante la primavera pasada
09 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Por la oficina van pasando varios clientes. Son de mediana edad o un poco mayores y una mujer joven los atiende al otro lado del mostrador. Un cartel colocado en el exterior anuncia que se pueden tramitar reintegros, ingresos, movimientos y saldos, y la fachada principal se completa con un cajero automático.
Lo que se ve es similar a otras oficinas de otras localidades de tamaño semejante. Sin embargo, estamos en Castro de Rei, en donde la oficina bancaria tiene particularidades que la distinguen de otras y que en meses pasados generaron controversias poco habituales en la villa.
Una mujer joven, Susana García, lleva varias semanas al frente de la oficina. Lo hace dentro de la categoría de agente colaboradora, lo que permite ofrecer a los clientes un servicio más o menos similar al de una sucursal, aunque con algunos matices. Las operaciones citadas en el primer párrafo de este reportaje pueden realizarse sin problema, aunque la tramitación de un préstamo ya implica otro proceso: es necesario el visto bueno de la oficina de Castro de Ribeiras de Lea, aunque la encargada se encarga de las gestiones para evitar un desplazamiento a los clientes.
La oficina está abierta de nueve de la mañana a dos de la tarde de lunes a viernes, y los sábados comprendidos entre octubre y marzo funciona de nueve a una. La encargada asume los gastos de mantenimiento, que ya no corren por cuenta del banco.
Cuatro décadas de arraigo
Este nuevo sistema, implantado hace pocos meses, sucede al funcionamiento de la oficina, que gozaba de gran arraigo en la localidad y en parroquias cercanas, pertenecientes incluso a otros municipios, porque se abrió hace más de 40 años.
La posibilidad de un cierre alarmó en la primavera de este año a los vecinos, inquietos ante la perspectiva de quedarse sin la única oficina bancaria y ante las incomodidades que ser derivarían. La abundancia de población mayor y la escasez de transporte público hacían suponer a los vecinos que se crearía un grave contratiempo.
Unos cuatro meses después, en cambio, la situación parece haberse normalizado. Por lo menos, parece que la posibilidad de realizar ciertas operaciones ha introducido una cierta tranquilidad en una población en la que el banco, como en villas y ciudades de mayor tamaño, ocupa una de las esquinas más céntricas.
En primer lugar, la agente colaboradora dice estar contenta con su trabajo por razones pueden ser varias. La vocación influye, pues estudió el ciclo superior de Administración e Finanzas, trabajó en alguna sucursal, y no duda en afirmar que prefiere el contacto con la gente a las estrictas tareas de oficina que también desempeñó en otra empresa.
La acogida ha sido buena, aunque en ese detalle puede haber influido su origen: es de la localidad, con lo que el proceso de adaptación ha sido menor.
«Estou aquí contenta e feliz», afirma Susana García, cuya máxima en el trabajo es sencilla pero clara: «Tento atender á xente o mellor posible e o mellor que sei», dice.
¿Notan los clientes ese esfuerzo por dar un buen trato? «Non me queixo», dice ella.
Confianza
Mientras tanto, en el resto de esta localidad chairega [la visita para realizar este reportaje se realizó en la mañana del pasado jueves] parece aceptarse que la situación, siendo algo diferente, también supone unas ciertas garantías.
Como en otras poblaciones, al lado del banco hay un comercio. En este caso se trata de la tienda de Alejandro Rodríguez, que tanto vende un paquete de pimentón como pone sobre el mostrador una luz fluorescente que le pide un cliente.
«Moita diferenza non che ha de haber», dice Rodríguez sobre el nuevo sistema. Alaba la actitud de la encargada de la oficina porque es «traballadora e responsable», e incluso desvela un posible origen de los temores de meses pasados: «Somos reacios ao cambio», opina. Quizá habrá que recordar que a veces es necesario cambiar para que nada cambie.