La sexta mañana de mis vacaciones se la dedico a los restos romanos del balneario, al que espero volver como clienta...
10 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.Es mucho más fácil criticar que elogiar. Con esto ya doy una pista del tono de los siguientes párrafos, pero antes pregunto: ¿hay mayor elogio para una ciudad que saberse distinguida, peculiar, con muchos de los puntos turísticos más deseados hoy en día; léase balneario? Entonces, ¿cuál es el motivo para no cuidarlo como se merece? En esta primera impresión tuvo mucho que ver el hecho de entrar en el balneario por la puerta trasera, y no por gusto, sino porque di a parar allí. Ya según bajaba, en el mirador Volta da Miño, me quedé un poco sorprendida porque junto a una bonita vista del río (sí, sí, ya conseguí bajar... Pero ésa es historia para otro día), una especie de cobertizos con el tejadillo de uralita, unos restos de obra cubiertos por un plástico azul, carreteras con arcenes muy mal acondicionados... En fin, una panorámica que invita poco a continuar, la verdad. Pero volvamos a la entrada trasera del balneario. Cuando dejé atrás una bañera gigante llena de pintadas y basura (si no sirve para nada, ¿qué hace allí y en ese estado?), olfateé una curiosa mezcla de olores: jabón de Marsella y agua de río, que me acompañó hasta la puerta. Allí, nada más abrir, todo cambia: el inconfundible y penetrante olor de las aguas termales se pega a la piel durante toda la visita, y aún después. Lo primero que hice fue, lógicamente, visitar las famosas termas romanas. Encendí las luces del cuartito previo, el que parece era el vestuario, y luego caminé por las pasarelas, hacia las salas termales en sí. Me pareció que están bien cuidadas y conservadas, salvo un pequeño socavón en la pared de una de ellas, del que salía una barra de hierro con unas cuerdas cuya utilidad no comprendí. Si ya en el pasillo central del balneario la atmósfera era un poco sofocante, pensé en cómo debía de ser en esos dos cubículos, tan pequeños y herméticos. A continuación, una sala también recubierta de ladrillo, pero llena se escombros, sin que nadie supiera decirme el motivo. Luego me dirigí hacia los otros restos, la fuente de la sala central, que me gustó mucho, y las zonas del exterior, con las que me quedé alucinada y, en este caso, no para bien. Qué cuesta, me pregunto yo, poner un cartelito con la utilidad que esos restos tenían, o cuándo se han encontrado o qué es lo que hay ahora allí y a qué correspondía. No sé, algo. Digo esto porque, sobre todo en los que están bajo la escalera central, uno no sabe si se trata de una obra mal acabada o de restos romanos. Como remate, una bolsa muy gruesa de basura cubriendo algo en una esquina. Sin palabras. El resto me gustó y pienso que ganaría mucho con una reforma. En el aparcamiento, aunque la mayor parte eran matrículas gallegas, también había coches de Barcelona, Valencia, Madrid... Esto, me hace pensar que tiene prestigio. La subida hacia el centro de la ciudad terminó de rematar mi sorpresa. Si sales caminando del balneario, atención, puedes dejar el pellejo allí mismo, en la Nacional VI porque no hay ni una miserable acera, al menos en cincuenta metros. Por qué, pregunto de nuevo, ¿por qué hay algún ente desconocido empeñado en hacerme creer que, si no tienes coche, aquí hay poco que hacer?