Crónica | Inmigrantes integrados en Castro de Ribeiras de Lea Un matrimonio uruguayo tiene negocio propio en la localidad, agradece la acogida de los vecinos y afirma que una de las claves está en las ganas de trabajar
03 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Un diálogo de supermercado, visto y escuchado ayer al mediodía. La primera intervención corresponde a un vendedor, y la segunda, a una clienta. -Dos kilos y 168 gramos. ¿Algo más? -Nada más. Sobre la báscula se ven trozos de carne de pollo. La clienta se va con la mercancía, y al otro lado del mostrador se queda el carnicero con su uniforme blanco. La escena no tiene nada de particular si no se entra en detalles; y uno de los detalles que llama la atención es el acento del vendedor, propio de alguien nacido al otro lado del Atlántico. Del otro lado llegó William Álex Bermúdez Fernández, que nació en Uruguay hace 34 años y que cruzó el charco de oeste a este hace cinco. Hace un lustro desembarcó en A Coruña, aunque pronto se alejó del mar hacia el interior gallego. En Lugo trabajó en una empresa de construcción; entró luego en un matadero de Castro de Ribeiras de Lea, volvió a la construcción, y finalmente consiguió montar un negocio de carnicería en un supermercado de esta villa. La expansión del negocio parece clara, ya que empezó vendiendo un ternero por semana y ahora vende dos. Un círculo que se rompe Lo que también está claro es que esta historia, que comenzó con un solo protagonista, ha visto cómo se ampliaban los personajes. Por la carnicería anda también la esposa de William, Tatiana Albarenque Montero, que llegó directamente de Uruguay a Terra Chá y que tiene 35 años. Dada la edad de ambos, cabe suponer que la historia de sus vidas esté aún lejos del final. Lo que parece indudable es que el guión describe a estas alturas una sensación de felicidad: «Aquí me acogieron divino. La gente es excepcional. Nos han acogido a mí, a mi mujer y a mis hijos con los brazos abiertos», dice él. «Me tocó buena gente», afirma ella, que se siente en Terra Chá «encantada de la vida». ¿Se comprueba, pues, que los gallegos no son tan reservados como puede parecer? «Es un círculo. Es difícil de entrar. Pero si entras y vas al mismo ritmo que los demás... Nosotros pusimos nuestro granito de arena en el trato con los clientes», dice William. Observando su contacto con los clientes, con los que tanto habla del tiempo como comenta la perspectiva de un cercano domingo de descanso, la arena no se reduce a un granito sino que parece más bien un abundante montón. La arena aparece también en las palabras de Tatiana, que dice añorar un poco la playa.