«Cumplí con mi padre»

LUGO

ÓSCAR CELA

Entrevista | Darío Rivas Cando Con sólo cinco años fue enviado a Argentina tras el fallecimiento de su madre, luego tardó más de medio siglo en conseguir localizar la fosa en la que estaba su progenitor

27 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Puede volver a su casa del gran Buenos Aires con el objetivo cumplido. Darío Rivas Cando tiene, desde hace una semana, a su padre en el panteón familiar de Loentia. Pasaron muchos años para conseguir que los restos de Severino Rivas Barja, alcalde de Castro de Rei en el año 1936, asesinado por su ideología cuando sólo llevaba tres meses en el cargo, volviesen al lugar donde nació en 1875. Todo este tiempo estuvo enterrado en una fosa de Cortapezas, en Portomarín. El único hijo del ex alcalde que todavía está vivo (es el menor de nueve hermanos y tiene actualmente 85 años) asegura que «esta es la historia de un chico de ocho años que recupera a su padre». -Cuando concertamos esta entrevista me comentó que hubiese descansado más quedándose en Buenos Aires. ¿Le agota la situación? -No, porque yo conseguí lo que quería, que era llevar a mi padre al panteón familiar. -Y eso fue un trabajo muy largo... -Sí, de unos sesenta años. -Ahora ya está tranquilo. -Cumplí con mi padre. El debía estar donde ahora reposa. -Imagino que tiene que ser muy duro estar durante 60 años sin saber en qué lugar está enterrado un padre... -Cuando lo mataron, yo estaba en Argentina y tenía 16 años. Entonces tenía odio hacia España: para mí, a mi padre me lo había matado España, no los falangistas. -¿Por qué se fue a Argentina? -Me fui con ocho años y medio porque se había muerto mi madre. Entonces me mandaron con la finalidad de que estudiase allá. Recuerdo que la travesía, en la que sólo comía chocolate y manzanas, duró 17 días. Allí me esperaban mis hermanas y un tío. -¿Qué recuerdos tiene de su padre? -Era muy avanzado en ideas para aquellos tiempos. Cuando yo sólo tenía ocho años me llevó al Gran Teatro a Lugo. Yo era un niño de aldea. Me llevó a A Coruña... también a esos cafés de sillones de cuero en los que me sentaba. Poco antes había estado sentado en un banco detrás de la lareira. Imagínense. -No cabe duda que su infancia fue dura. -Perdí a mis padres. A mi madre con cinco años y a mi padre con 16. -¿Cómo se enteró de lo que ocurrió con su padre? -Mis hermanas mayores vivían en Argentina y una de ellas recibió la carta de un vecino que le informaba de lo que había sucedido. -¿Sabía que llegó a ser alcalde de Castro de Rei? -Sí y que como tal había tenido algunas actuaciones a favor de los más pobres. Cuando yo todavía estaba aquí, mi padre había ido a Castro a la feria y resulta que el recaudador, el que cobraba a los dueños de los puestos, les impuso un aumento. Entonces los «puesteros» pidieron a mi padre de favor que intercediese porque no tenían para comer porque el negocio no daba. En fin, la «llorada» de la pobre gente. Entonces le dijo al recaudador que no podía ser y éste se enojó y llamó a la Guardia Civil que quiso llevarse a mi padre. Creo que estuvo escapado como tres meses o cuatro, porque sino lo «machucaban». Además, tenía la costumbre de dejar que en sus fincas sembrasen los más pobres del pueblo; incluso les proporcionaba la semilla. Cuando yo vine, en 1952, mi hermana todavía tenía esa misma costumbre. Entonces papá se peleaba, a veces, con esos señores de aldea que dicen que son pobres pero son ricos de maldad y había chivatazos. Por eso se planificó su detención en el café España de Lugo al que iba con frecuencia. Lo llevaron a la cárcel; lo entregaron a los militares, le hicieron firmar que salía en libertad pero lo entregaron a la Falange para que lo asesinara. Todo eso lo tengo casi todo documentado. Hasta sé quien lo llevó a la cárcel y lo entregó en nombre de la Falange... Quería saberlo todo como haría cualquier persona a la que le asesinan a su padre y máxime cuando él me mimó de pequeño aunque aquellas épocas no se mimaba. Los padres de antes no eran afectuosos pero el mío me mimó y así se lo puse en la placa que colocamos en el panteón de Loentia. -¿Qué siente hacia esas personas? -Lo que se puede sentir hacia cualquier asesino. Usted imagine que le asesinan un familiar. Aprecio no puede sentir. Tampoco yo vine a España a pedir justicia porque en ninguna dictadura hay justicia. Aquí no hay dictadura ahora pero, como dijo Isaac Díaz Pardo, Franco parece que no murió y hay muchas cosas en las que se nota. -¿Por qué tardó 60 años en rescatar a su padre? -Porque no sabía donde estaba. -¿Cuándo lo supo? -Fue en 1994 y por una coincidencia. Ese año le hicieron un homenaje, le dedicaron una calle en Castro y me pidieron que estuviera. Decían que mi padre estaba en la zona de Portomarín, en el cementerio que quedó debajo del agua. Una tarde fui a dar una vuelta a ese pueblo, más que nada de turismo, y entré en un bazar en el que la dueña me preguntó de donde era y, al final, acabó contándome que cuando era jovencita habían matado a dos personas de mi aldea cerca de Cortapezas. Dio muchos detalles y yo identifiqué a mi padre. Después de hablar con varias personas de la zona comprobé que las coincidencias eran totales. No me quedó ninguna duda. Uno de los vecinos, que veló el cuerpo durante horas, me contó los tiros que tenía, uno de ellos en la frente. Eran profesionales del asesinato. -¿Por qué estuvo esperando desde el 1994? -Por la oposición del cura del lugar. Ni siquiera permitió colocar una placa de que estaba mi padre allí, al lado de una capilla. Tengo que decir que estoy muy agradecido a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.