A mal tiempo, buena cara

Xavier Lombardero LUGO

LUGO

PRADERO

Pastor, López Besteiro y Farjas garantizan la salubridad del pescado tras el «Prestige» y el presidente ejemplifica con humor la transformación social y económica del país

11 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

En los congresos, en los mítines o en las inauguraciones, siempre hay alguien que triunfa, uno que estuvo mejor en el quite, aquel que ablandó a la parroquia en el tercio de varas. En la clausura del congreso de Muller e Consumo , uno de los epílogos concebidos por Manuela López Besteiro para cerrar su mandato de nueve años en Familia, el presidente de la Xunta apostó por el humor. Reunido el PP lucense en familia para escuchar a la ministra Ana Pastor, la mañana fue cayendo en un tranquilo y frío entremés, con una pléyade de periodistas ávidos de saber de la salubridad de pescados y mariscos. La vieja Lugo conserva todavía el silencio de un poco de nieve y ni por A Tolda, ni por A Fervedoira se divisa el chapapote, aunque se intuye que el cónclave no las tiene todas consigo y se afana por lavar la imagen: «tras más de quince mil inspecciones no hay rastro de contaminación en peces o mariscos» decía la ministra que antes se había reunido con Pepe de La Barra, Ramiro de La Palloza, Segis del Voar, Xoán Pérez de A Fervenza y otros hosteleros lucenses, para pulsar la realidad del puchero. Según Granxeiro, presidente del ramo, «algo han notado» de la crisis y la mejoría está en el medio y largo plazo. Por lo visto, según la ministra, lo que hay en el mercado es seguro y las perspectivas (en Mercamadrid) son «alentadoras». Pastor desgranó un discurso muy coherente de logros y políticas _algunas de pura lógica_ sobre la vigilia y ordenación de lo que compramos: La red de alerta para detectar los productos peligrosos, la prevención con las líneas tipo 906 y el comercio por Internet, los aparatos de bronceado (que Fraga según confesó, no usa) y hasta la transparencia en estos asuntos con los ciudadanos, son cosas de alta política, según la ministra, a la que se le pegó ya el castizo y dice «hemos sacao» ésta o aquella norma y reglamento, pero que se enorgullece de tener padre lucense. Ana Pastor dijo, con permiso de Fraga, que la mujer ha dado muchos pasos adelante y además de trabajar fuera, siguen llevando el peso de las tareas domésticas, y cada vez más las decisiones de compra. Y acusó: «el hombre sigue remiso». Pero luego Fraga cogió la batuta con decisión ante un foro mayoritariamente femenino y reconoció sin empacho que sí, que sin ellas no somos nada, y que incluso menos si no hemos sido criados a pecho. El presidente, otros días serio fustigador de las conciencias políticas o administrativas, actuó con un rictus de jovialidad poco visto en las oficialidades lucenses, digo yo que para quitar hierro a estos humores colectivos del Prestige . Fraga recordó sus tiempos de ponente constitucional cuando metió en más alta norma la protección al consumidor y puso a Lula (el de las tres comidas al día para todo brasileiro) de contrapunto para ver donde otros hemos llegado. Recordó la anécdota del alemán que, peregrino en Compostela en el primer año santo, pidió pato salvaje de menú para comer, sofisticado él, y le ofrecieron «cabrearle un poco el pollo». Y si la ministra cantara las virtudes del mejillón gallego «que se consume hasta en Irán o Irak» (esperemos que puedan seguir comiéndolo) el presidente vilalbés se dio una vuelta por su pueblo (es así como remata al electorado) para recordar la época en que no había mercados y las viandas se vendían bajo el árbol de la Pravia, con referencia personal: «sonlle as cereixas que comen na casa de dona Corsina...» Y hoy, hoy los tiempos han cambiado, a pesar del Prestige . El presidente hizo un aparte con María Antonia Iglesias, periodista muy de izquierdas que fue, directora de los servicios informativos de TVE con el PSOE y hoy famosa tertuliana. Luego todos se fueron. En Lugo nos quedamos con la lección de consumidores «responsables e activos nun entorno de información adecuada» que diría el presidente.