La avenida de A Coruña, una vía rápida ocasional

La Voz

LUGO

ÓSCAR CELA

B. D. FERREIRA IN SITU

15 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Salvo las rondas, la avenida de A Coruña es la más larga de las calles de Lugo, con sus dos kilómetros abundantes desde la Porta de San Fernando hasta las últimas casas, en Garabolos. Recorrerla en coche a media mañana es un enigma. Lo habitual es que lleve más de 20 minutos, incluso bastantes más, pero también se puede hacer en seis o siete, como excepcionalmente ocurría alguno de estos días pasados. No es menos incierto el trazado y la señalización horizontal que le quedó tras unas obras de reforma aún no reconocidas oficialmente. A pesar de las cirvunvalaciones, la Avenida de A Coruña sigue siendo una de las principales calles de acceso. Finaliza en la zona más alta de la ciudad, honor que le arrebató a la Diputación, en cuyo vestíbulo todavía se conserva el punto geodésico que hasta que creció la ciudad fue su referente. Tras la reforma realizada por Fomento hace pocos años, que aún no fue recibida por el Ayuntamiento, la calle prácticamente finaliza en una pequeña glorieta, en la que también enlaza la Ronda Norte. A pesar de la baja intensidad del tráfico en la jornada elegida para recorrerla con cierta contemplación, incluso en la parte final, mucho menos comercial y con más espacios próximos, hay camiones, furgonetas y turismos aparcados indebidamene. Dos tractores tienen reservados sendos estacionamientos con carácter indefinido y el paso de peatones, que también incluye el cruce de una estrecha mediana construida para plantas, está bloqueado por un turismo. Tampoco es respetuoso con la parada del autobús un camión de reparto, que le cogió el sitio obligándolo a recoger a los viajeros en medio de la calzada. Calle abajo, al foráneo poco asiduo de esta parte de la ciudad le llamará la atención la anchísima acera, que parece hecha ex profeso para lucimiento de los coches que asoman sus frontales de lujo por el escaparate del concesionario. Pero, siendo justos, también beneficia a los destinatarios finales, los peatones, que se pueden cruzar a tres y a cuatro en paralelo sin que choquen entre sí ni con los dos contenedores que están atravesados. Al conductor foráneo seguro que le pasará desapercibida la docena de coches aparcados sobre las aceras, porque tendrá que ir muy atento al constante tejemaneje del borroso carril, que ora se desvía a la derecha, ora a la izquierda; todo menos seguir una línea recta. Sin embargo, sí se fijará en los coches estacionados en la calzada, que lo obligarán a detenerse y a hacer aún más requiebros.