monforte / la voz

La localidad de Vilariño -perteneciente a la parroquia de Nogueira, en Ribas de Sil- es una de las poblaciones rurales del sur lucense que durante mucho tiempo dependieron en gran medida del cultivo de la castaña. De la importancia que tuvo esta actividad tradicional da testimonio el hecho de que en la aldea y llegó a haber más de 45 sequeiros o secaderos. De ellos, unos veinticinco pertenecían a vecinos de los cercanos municipios ourensanos de Castro Caldelas y San Xoán de Río, que también tenían en propiedad varias parcelas del souto de Vilariño.

En la parte baja de la aldea, en el lugar conocido como O Canello, están concentradas una decena de otras construcciones. Las demás están repartidas por diversos puntos. Hace más de una década que los sequeiros dejaron de utilizarse para secar castañas y hoy están abandonados en su mayoría. Algunos se encuentran en proceso de ruina. Hoy solo un par de vecinos residen en Vilariño de forma regular. Gran parte de su antigua población emigró en tiempos -en su mayoría a Cataluña- en busca de otras oportunidades. En los meses de verano la aldea recupera en parte la actividad que tuvo hace más de dos décadas, ya que varias familias aprovechan el período vacacional para retornar a su lugar natal.

Hasta 32 familias

Pedro Álvarez González, nativo de Vilariño, regresa todos los años con su familia para pasar una larga temporada. Durante su estancia se dedica a cultivar su huerto, arreglar pequeños desperfectos de su vivienda y disfrutar de la compañía de sus vecinos de toda la vida. Recuerda que en la localidad llegaron a convivir hasta 32 familias y que muchas de ellas contaban con ocho o diez hijos. «Na nosa casa, ademais dos meus pais, vivíamos oito irmáns», explica. Era conocida como Casa dos Galochos. «Chamábanlle así porque meu avó era galocheiro», añade. Es decir, fabricaba galochas o zocos.

En esos tiempos, apunta Pedro Álvarez, la animación de la aldea se incrementaba notablemente al llegar la época de la cosecha y el secado de las castañas. «Viña moita xente das terras de Caldelas e de San Xoán do Río, e nalgún sequeiro xuntábanse ata tres ou catro persoas para atendelo», recuerda. Los que no eran de la aldea tenían que dormir a menudo en el propio sequeiro. Durante ese tiempo era habitual que se celebrasen cada noche pequeñas fiestas animadas por los gaiteiros de los alrededores.

Además de las castañas, otro de los principales recursos de los habitantes de Vilariño era el ganado lanar y vacuno. Por encima de la aldea, en los lugares llamados Os Barbeitos, As Cortes y As Cabanas, estaban las cuadras donde se guardaban las reses. Cada vecino tenía su propia cabaña o cuadra, lo que da una idea del peso que tenía esta actividad.

La localidad, señala por otra parte Pedro Álvarez, tenía su propia escuela, que empezó a funcionar en 1929. «Para abrila houbo que habilitar a metade dunha vivenda que era propiedade do meu pai», dice. En ese mismo edifició se albergó un destacamento de soldados de la retaguardia que se asentó en Vilariño durante la Guerra Civil. «Tamén había destacamentos en Torbeo e Soutordei», señala el vecino.

En la aldea se levanta todavía una capilla dedicada a la Virgen de los Remedios, en torno a la cual se celebraba a mediados de agosto la fiesta de la patrona. Pero el lugar tenía otras funciones.

«Cada quince días facíamos una reunión todos os veciños diante da capela para tratar todo tipo de asuntos relacionados coa aldea», rememora Pedro. El pedáneo los congregaba tocando la campana, que también se usaba para dar la alarma cuando se producía un accidente o había alguna otra emergencia. En otro lugar conocido como O Eiró, al lado de dos sequeiros, los vecinos se reunían a diario para hablar de sus asuntos. «Era como un local social ao aire libre», comenta Pedro Álvarez.

DESDE SAN CLODIO

Hay que salir de la capital municipal por la carretera que lleva al Alto da Moá. En el kilómetro seis hay un desvío a la derecha para Vilariño, que se encuentra a una distancia de tres kilómetros

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Vilariño, entre sequeiros y soutos