No eran de Monforte

La Voz

PANTÓN

SERGIO MOURIÑO

Praza da Ferrería Los «monfortinos», los pináculos de A Ferrería, fueron donados en los años 40 por un industrial nacido en Pantón. Un hijo suyo pide ahora que se restituyan los retirados

08 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay que ser pontevedrés para saber qué demonios es un monfortino, más allá de un natural del sur de la provincia de Lugo, claro está. Sin embargo, un habitante cinco estrellas de la ciudad identificaría el vocablo con uno de esos pináculos ornamentales que se pueden ver en las escaleras de la Peregrina, frente a lo que queda del bar Savoy o junto a los jardines que hay frente a San Francisco. Un vecino pata negra sabría incluso que a esos pináculos se les llama así en referencia al industrial que los donó al Concello en los años cuarenta. Ahora, uno de sus hijos pide que se le dé uso a la media docena de ellos que fueron retirados en la reforma de A Ferrería, hace algo más de un lustro. Aunque la verdad es que el Monfortino no era de Monforte. José Rodríguez Rodríguez había nacido en 1890 en Ferreira de Pantón, y se vino a Pontevedra en la década de los veinte del siglo pasado. Llegó a regentar un almacén de reparto de comestibles y a gestionar la plaza de toros, tuvo once hijos y se trajo de Lugo a parte de su familia. En los cuarenta, bien establecido, se compró una finca «que iba desde Mourente, donde ahora está la Renault, a las viviendas de A Seca», explica su hijo, Carlos Rodríguez. En el camino de entrada del predio colocó una treintena de pináculos de granito, una especie de jarrones de metro y medio de alto, coronados por una bola. Un día de 1946, en lo más duro del franquismo, Remigio Hevia, uno de los alcaldes de la gris posguerra pontevedresa, pasó por la finca con interés por comprarla, y se fijó en aquellos pilares decorativos que adornaban la propiedad de José Rodríguez. «Quedarían muy bien en el centro de la ciudad», debió decirle. El industrial acabó por cedérselos para que los colocase en A Ferrería y su entorno. Los trasladaron, los colocaron en la plaza, frente a la Peregrina y alrededor de los jardines de Casto Sampedro, y en uno de ellos grabaron: «Donación de José Rodríguez, 1947». Los monumentales pináculos permanecieron en el mismo lugar durante medio siglo, integrándose en el paisaje clásico de la ciudad, ese que recuerdan con frecuencia los pontevedreses de toda la vida. Desde muy pronto les empezaron a llamar «monfortinos», en referencia a quien los había donado. Carlos Rodríguez asegura que fue el arquitecto Rafael Fontoira quien los bautizó. Uno de ellos fue destrozado por un camión siendo alcalde Filgueira Valverde, antes de la Transición. El Ayuntamiento pagó uno nuevo. Hace unos años, durante la reforma de A Ferrería, aproximadamente cinco fueron retirados de la explanada principal. Entre ellos estaba el que llevaba encima la inscripción. Desde entonces, descansan en un almacén de un constructor local. El caso es que Carlos Rodríguez había medio perdido la pista a los monfortinos retirados, hasta que se enteró por este periódico de su actual paradero, no demasiado apropiado, opina: «Me gustaría que les encontrasen un sitio, a poder ser en una plaza por la que pase la gente. Y si no, que me dejen regalárselos aunque sea a alguien que tenga un chalé». Lo que más rabia le da, asegura, es que uno de los monfortinos perdidos sea el que lleva grabado el recuerdo de su padre: «Quizá sea un nostálgico, pero siempre hay quien me diga que si mi padre levantase la cabeza, me mataría», bromea Carlos Rodríguez.