La visita a la mámoa de Abuíme, como a otras estaciones arqueológicas de la Ribeira Sacra, sigue siendo una odisea
17 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.La Ribeira Sacra cuenta con un importante patrimonio arqueológico, pero la desidia de muchos propietarios -la mayor parte de este patrimonio está en fincas privadas-, la casi absoluta falta de señalización y el poco interés mostrado por distintas administraciones para ponerlo en valor hacen que aún sea desconocido para muchos. Uno de los yacimientos que sufre todas estas adversidades es la mámoa o dolmen de Abuíme, en el municipio O Saviñao, que a pesar de haber sido divulgado desde hace bastante tiempo en las guías turísticas, presenta unas pobres condiciones de visitabilidad.
Cualquier persona que quiera visitar este monumento megalítico se encontrará con un primer inconveniente: la falta de señales. Tan solo al llegar al límite de la parroquia de Abuíme podrá ver un letrero con un dibujo de un dolmen. Pero para llegar allí ha sido necesario -además de conocer previamente la existencia del monumento- preguntar en Escairón, cabecera del municipio. Al llegar al pueblo, hay que preguntar una vez más dónde está la medorra. De esta vez hay suerte. Ramón, un vecino que trabaja reparando el cierre de su finca, indica el lugar a los visitantes, aunque también advierte: «Non o van encontrar, nesta época está moi difícil de ver por culpa da maleza». Según él, la propietaria de la finca donde se encuentra el dolmen «non está polo labor de ter limpa a zona». Una vez en el lugar, los visitantes comprueban que, por desgracia, Ramón tenía toda la razón. Después de atravesar varias fincas, un cierre de alambre de espinos, un pinar y un muro de silvas y tojos de la altura de una persona, nos damos cuenta de que no lo vamos a encontrar. Desde lo lejos, una mujer grita: «¿Buscan o dolmen?» Parece que no somos los únicos a los que los vecinos ven en esta situación. La amable señora nos explica que aún nos queda una finca más y un mar de zarzas para llegar a nuestro destino.
Por fin llegamos. Seguro que a más de un visitante le chocará llegar y descubrir que uno de los pocos dólmenes desenterrados que se conservan al aire libre en la provincia -un dolmen de corredor de casi dos metros de altura-, se encuentra en tal estado. Al monumento le falta la gran losa que lo cubrió originalmente y, según explican los vecinos, la pérdida no es reciente, pero tampoco data de hace siglos. Por lo que cuentan, la parte superior de la mámoa fue trasladada hace años por un vecino de Escairón, que la aprovechó para fabricar un bebedero para el ganado. Una curiosa manera de obtener rendimiento del patrimonio arqueológico. Antes de marchar de Abuíme intentamos hablar con Remedios, la propietaria de la finca, para saber por qué no desbroza el terreno. Pero en cuanto oye la palabra dolmen, se mete en su casa. «Vuelvan en otra ocasión, que ahora estoy muy ocupada», dice.