Un despropósito tras otro

José González

O INCIO

En el año 1971 la administración pensó en rebajar la medida para la pesca de la trucha a diecisiete centímetros, debido a que la falta de alcalinidad de las aguas condicionaba su crecimiento. Pero finalmente cambiaron de idea y decidieron aumentarla. Por el camino se aplicaron prohibiciones sobre el uso del cebo natural, en contra del criterio mayoritario de los pescadores, y sobre la comercialización de las truchas, con el argumento en este último caso de que se esquilmaban los rairos de los molinos para venderlas. ¿Mejoraron nuestros ríos con las restricciones? Creo que está claro que no. En pocos años, las capturas disminuyeron en porcentajes alarmantes, yo diría incluso que en un ochenta por ciento, al tiempo que aumentaba la contaminación. Lo más curioso es que se tomaron medidas drásticas sin atender a lo más sencillo. Nadie se preocupó de propiciar la tala de árboles, que favorecería la entrada de luz y con ella la fotosíntesis. Todos los que pateamos los ríos sabemos que los alevines buscan el sol. ¿Por qué no se hacen entresacas?, nos preguntamos los pescadores un año tras otro. ¿Y los cormoranes? ¿Por qué en otras comunidades se encargan los guardas del control de las poblaciones de estas aves y aquí campan a sus anchas saqueando los ríos? Ríos que ni se repueblan, aunque se podría hacer sin ningún gasto. En el Cabe, por ejemplo, ¿no sería mejor vedar el tramo superior y que los técnicos sacasen periódicamente las truchas con redes para repoblar el coto? De Pacios de Veiga a O Incio todos sabemos que ni el diez por ciento de las truchas alcanzan los diecinueve centímetros que se exigen. Y si se devuelven al agua, algo que no hacen muchos infractores, terminan muriendo en un porcentaje muy elevado. ¿Por qué no se hacen estas cosas? Mucho me temo que, con técnicos que dicen en las reuniones que arreglar las presas no serviría para nada, seguiremos asistiendo a un despropósito tras otro.