Las cintas que curan las gargantas ya no son solo azules y rosas

Luis Díaz
LUIS DÍAZ MONFORTE / LA VOZ

LEMOS

Monforte celebra desde el siglo XVI la festividad de San Blas, que algunos autores vinculan a la herencia castreña

03 feb 2019 . Actualizado a las 18:42 h.

La iglesia de San Vicente do Pino corona el monte donde se conservan los restos de la fortaleza de los condes de Lemos. El casco urbano se extiende como un gran cinturón bajo la colina, desde la que estos días se ven de fondo las sierras cubiertas de nieve. El domingo, de mañana, la niebla las ocultaba. A falta de paneles informativos, la gente hace conjeturas. «De ese lado debe estar Courel», dice una joven. «¡Qué va! Por ahí está el Faro», le corrige su acompañante. No son clientes del parador de turismo instalado en las dependencias del antiguo monasterio anexo. Van camino del templo entre una legión de devotos de San Blas, al que Monforte rinde honores tal día como ayer desde hace más de cuatrocientos años.

Según los historiadores, la festividad de San Blas se celebra en Monforte de forma prácticamente ininterrumpida desde el siglo XVI. El santo protege las gargantas por mediación de las cintas que se ponen al cuello sus devotos, pero solo si se pasan tres veces alrededor de la imagen que se custodia en la iglesia. Antes de ser utilizadas como talismán, cuelgan de ellas las roscas que se bendicen durante la misa con motivo de esa celebración.

La festividad de San Blas tiene la virtud de congregar en la iglesia a un público variopinto. Hay niños y abuelos, creyentes y escépticos, vecinos y foráneos con raíces en Monforte. Al coincidir en domingo, el templo estaba a reventar. «Yo no me quedo sin pasar la cinta, que hay mucho catarro», decía una joven que a duras penas se abría paso hasta el altar. En lo sustancial, la ceremonia apenas ha variado en el último medio siglo. Pero ahora las cintas son de los colores más diversos, no solo azules y rosas como imponía la obsesiva división entre sexos que imperaba en el posfranquismo.