El viñedo cobra vida en la aldea abandonada de San Pedro de Baños

Luis Díaz
LUIS DÍAZ MONFORTE / LA VOZ

LEMOS

CARLOS RUEDA

La ribera monfortina resurge treinta años después de la marcha del último vecino

20 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

¿Por tipo de suelo?, ¿tal vez por orientación?, ¿quizás por nivel de pendiente?… Existen diversas posibilidades a la hora de establecer una jerarquía de viñedos en el paisaje cambiante de la Ribeira Sacra. Hasta no hace mucho, la superioridad recaía en las viñas situadas en las zonas más abrigadas de la ribera. Y mejor cuanto más cerca del río. Allí la maduración de la uva se conseguía antes de las lluvias que, más pronto que tarde, solían anunciar llegado septiembre el adiós al verano. Pero los tiempos cambian y el de la viticultura es ahora un mundo voluble. Muchas bodegas buscan aire fresco para las nuevas plantaciones en lugares que parecían condenados definitivamente al olvido. Más que adelanto, cotiza el fuego lento en la maduración.

San Pedro de Baños es el nombre de una aldea abandonada perteneciente a la parroquia monfortina de Marcelle, limítrofe con Sober. Una caprichosa cuña de Monforte en el mapa del cañón del Sil que explica que el municipio con menos superficie de viñedo de la Ribeira Sacra sea miembro de pleno derecho de la subzona de Amandi. Hace más de un cuarto de siglo que San Pedro de Baños perdió su último vecino, Ramón López, conocido por el apodo de O Infante. Para entonces, la mayoría de las viñas llevaban tiempo abandonadas. Nadie diría que iban a convertirse en objeto de deseo para firmas punteras de la denominación de origen como Guímaro o Cruceiro, que ahora se hacen con viñedos entre bancales invadidos por el monte. Algunas bodegas buscaban uvas allí desde bastante tiempo atrás. «Eran las últimas que entraban en los depósitos, les costaba madurar», dicen en una de ellas.

Frutales y huertas

Por su particular orografía, San Pedro de Baños recibe algo menos de horas de sol que las laderas mejor orientadas de la cercana ribera de Doade. Pero es una zona abrigada del norte donde tradicionalmente se daban bien los frutales y los cultivos de la huerta. Por el tipo de terreno, generalmente más profundo y menos rocoso que en otros parajes del Sil, resulta especialmente interesante para el cultivo de variedades blancas. Cruceiro apuesta, de hecho, por el godello en las nuevas plantaciones que acondiciona en esta enclave de la parroquia de Marcelle.

Solo esta última bodega plantó viña de nuevo y en una sola pieza. Adega Guímaro, por su parte, se hizo con un puzle de viejas parcelas próximas entre sí en otra ladera. Viñedos en su mayoría de mencía y garnacha, con cepas que rondan los cien años cuyos troncos tiene el grosor de una parra. Cuando enraizaron, en la ribera de San Pedro de Baños apenas quedaba un metro de terreno sin cultivar. A poca distancia, aguas arriba del Sil, sucedía otro tanto en la aldea de A Barxa, en los límites de Monforte con A Pobra do Brollón. También está desierta, pero nadie se interesa por sus viñas.

Parroquias

Sober

Doade, Amandi, Lobios, Pinos, Santiorxo, Barantes, Bolmente y Anllo (San Martiño y parte de Santo Estevo). Parte de Santo Estevo que pertenece, junto con Rosende, a la subzona de Ribeiras do Miño

Monforte

Marcelle

Monforte forma parte de Amandi por los viñedos situados en esta zona de Marcelle

Pedro Rodríguez: «Tal como vienen las cosechas, hay que diversificar las zonas de viñedo»

Cuando comenzó a esbozarse la actual denominación de origen Ribeira Sacra, se hizo necesario acotar en el mapa su ámbito territorial. No era una cuestión menor. Algunos bodegueros defendían entonces que solo debía amparar aquellas viñas que tradicionalmente quedaban a salvo de las heladas tardías. Lo acaecido este año demuestra que la propuesta no era descabellada. Pero sucede que los estragos por heladas primaverales, al menos por ahora, se producen en intervalos de cuarenta años. Por el contrario, el riesgo de sobremadurez de la uva cada vez es más frecuente. De ahí que, llegada la hora de ampliar superficie, las bodegas no le pongan peros a la altitud del viñedo.

«Lo ideal es diversificar. Tener viñedo en zonas muy diferentes. Si el año viene mal en una, queda el recurso de las otras, Tal como pintan las cosechas, no queda otro remedio que jugar a varias cartas», dice Pedro Rodríguez, de Adega Guímaro, una de las que puso sus miras en la ribera de San Pedro de Baños.

Las vendimias tienden desde hace tiempo a los extremos en la Ribeira Sacra. La de este año es un buen ejemplo. Ni los más viejos del lugar recuerdan ver entrar uva en las bodegas un 19 de agosto. Paradójicamente, los racimos que nacieron después de las heladas de mayo posiblemente no madurarán en muchos lugares hasta octubre.

Episodios extremos

La presente cosecha se ajusta bastante a los pronósticos que aventuran los estudios sobre el impacto del cambio climático en el viñedo. Las proyecciones de los expertos indican que es muy probable que en los próximos años se sucedan episodios climáticos extremos, como sequías prologadas y olas de calor. «Temperaturas por encima de los 35 grados durante períodos prolongados pueden dañar la calidad», señala Pablo Resco, autor de una tesis sobre viticultura y calentamiento global.