La geología de los cañones del Sil, un recurso turístico sin aprovechar

Proponen enriquecer las rutas ofreciendo divulgación científica sobre la zona

<span lang= es-es >Terrenos de rocas blandas</span>. En la zona de Peites, donde predominan las pizarras, la erosión creó un valle fluvial en el que las pendientes son mucho menos acusadas que aguas abajo.
Terrenos de rocas blandas. En la zona de Peites, donde predominan las pizarras, la erosión creó un valle fluvial en el que las pendientes son mucho menos acusadas que aguas abajo.

monforte / la voz

El director del Instituto Universitario de Xeoloxía de A Coruña, Juan Ramón Vidal Romaní, considera que las rutas turísticas de la Ribeira Sacra podrían enriquecerse en buena medida facilitando a los visitantes informaciones sobre la historia geológica del Sil. «En los recorridos en barco por el río hablan a los viajeros sobre la viticultura o la historia de los monasterios -explica-, pero no se dice nada de geología, aunque es un aspecto que está muy estudiado y sobre el que hay mucha información científica, aunque está muy poco divulgado a nivel popular». El geólogo añade que «es una lástima que estos conocimientos no se aprovechen más para el turismo, porque los cañones del Sil son un lugar de un valor excepcional para mostrar la evolución geológica de Galicia».

Estos son algunos de los principales aspectos de la geología de la zona que -a juicio del investigador- podrían ser utilizados para las rutas turísticas.

Orígenes en el Cretácico. Vidal señala que los procesos geológicos que formaron el valle del Sil se produjeron a partir del Cretácico -en la era de los dinosaurios-, hace unos doscientos millones de años. La Península Ibérica empezaba a emerger del océano y por entonces era una isla, cuyo territorio correspondía aproximadamente al de Galicia y el norte de Portugal.

El Sil llegaba al mar. En las etapas antiguas de su historia, el Sil no era un afluente del Miño -con el que se unió más tarde-, sino que su curso seguía hasta el mar. La prueba es que las terrazas fluviales del Miño desde Os Peares hasta A Guarda están formadas por gravas de cuarcita que no se hallan en la cuenca superior de este río y sí en el tramo del Sil que va desde su nacimiento hasta la confluencia.

Granitos y pizarras. El surgimiento de la Cordillera Cantábrica -hace entre 65 y 46 millones de años- provocó cambios en el relieve y el drenaje de las aguas superficiales que aumentaron el caudal del Sil y lo obligaron a abrirse nuevos caminos. En las zonas donde predominan los granitos, el río labró los valles profundos de laderas escarpadas que forman los actuales cañones. Donde predominan las rocas más blandas, como las pizarras, la erosión produjo valles de paredes mucho menos inclinadas. Es lo que ocurre en el tramo entre A Rúa y Quiroga.

Antiguos embalses naturales. El geólogo explica que el actual paisaje del Sil, formado por una cadena de embalses hidroeléctricos, tiene un precedente de origen natural en la Era Terciaria. En ese período geológico, al atravesar las grandes fosas tectónicas de El Bierzo, A Rúa y Quiroga, el río formó lagos que alcanzaron profundidades de hasta cien metros en algunos lugares. «Eran grandes lagunas tectónicas como las de los Alpes suizos, que estaban enlazadas por un curso de agua como lo están hoy los embalses», agrega Vidal.

Deslizamientos fósiles que se reactivaron al construir carreteras y vías

Según explica Vidal Romaní, la acción erosiva del antiguo cauce del Sil al atravesar terrenos foirmados por rocas blandas se percibe de forma especial en las márgenes del municipio de Ribas de Sil. «En lugares como Peites y Piñeira, las laderas del valle fluvial se derrumbaron y dieron lugar a grandes deslizamientos que en algún momento pudieron llegar a obstruir totalmente el cauce, hasta que las propias aguas del río acabaron por eliminar ese obstáculo», apunta el geólogo.

Estos deslizamientos fósiles -agrega Vidal- causaron importantes problemas durante la construcción del llamado Acceso Centro a Galicia a través del valle del Sil en los años setenta del siglo pasado. «Al construir la carretera se encontraron con estos terrenos inestables y eso obligó a desviar el trazado a la margen derecha del río para evitar que se reactivasen los deslizamientos y que hubiese derrumbes», indica. Esto fue lo que ocurrió durante mucho tiempo después de que se construyese la línea férrea que pasa por la misma zona, en la que registraron repetidos desplomes.

Derrumbes en A Ruxidoira

Un problema semejante se dio al construir la actual carretera N-120 en torno al cauce del Lor a escasa distancia de la desembocadura de este río en el Sil, en la zona conocida como A Ruxidoira. «Las obras reactivaron un gran deslizamiento fósil y hubo muchos derrumbes en la carretera poco tiempo después de que acabasen los trabajos», dice Vidal. «Para frenar esos desplomes hubo que construir muros de contención en las laderas y además de desviar el tráfico por esa zona durante unos seis meses, tuvieron que invertirse otros trescientos millones de pesetas en las obras de reparación y de prevención», concluye.

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