Durante la Edad Media, lo habitual era salvar los ríos a través de débiles pontones de madera o a través de las barcas o barcos. Estos puentes, construido con piedras o «cachotes» de piedra -muchos de los cuales fueron reconstruidos en siglos posteriores-, se encontraban en los caminos de larga distancia o en las rutas que iban hasta Santiago. De algunos se sabe que eran puentes de los llamados «de merced», como los de Monforte y Belesar, que en el siglo XIII recibían las denominadas «mandas pías». Es decir, no se podía cobrar por su paso, al contrario de lo que se hacía en muchos otros lugares. Era esta una práctica muy extendida por toda Europa, de la que se beneficiaban puentes que estaban sobre los caminos de peregrinación y también sobre las rutas mercantiles vitales para el abastecimiento de una ciudad o territorio.
Pasos más seguros
Los puentes de Monforte y Belesar eran de los pocos en Galicia que disfrutaba de esta condición. Su existencia salvaba muchas vidas humanas del peligro de cruzar los ríos a través de los habituales pasos de barcas o barcos, bastante menos seguros. El puente de Monforte, en 1331, recibe una manda para su obra (AHN Clero, Cat. de Lugo, 1327ª/15; San Vicente do Pino, 1197/10.bis). Este antiguo puente era al parecer el antecesor del actual puente viejo, que fue ampliamente reconstruido en el último tercio del siglo XVI por el maestro de obras Pedro Rodríguez de Remberde, según consta en un documento de 1591.