La madre de Josefina Blanco fue valorada como gran dependiente hace un año, pero no ha recibido ningún tipo de prestación y los cuidados que precisa crecen día a día
23 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«¡Para que demos prometeron as axudas da lei de Dependencia se non as están pagando!». La lucense Josefina Blanco Rivas está molesta, y le sobran razones. Su vida gira en torno al cuidado de dos ancianos con un elevado grado de dependencia, que fueron valorados hace ahora un año por técnicos de la extinta Vicepresidencia da Igualdade e do Benestar -departamento integrado ahora en la Consellería de Traballo-. Doce meses después no ha percibido ni un solo euro de la anunciada ley de Dependencia, ni siquiera una ayuda para atenderlos.
El caso más duro, comenta, es el de su madre: Benigna, de 89 años, presa del Alzhéimer en una fase muy avanzada. Al mal de la demencia se suma el de la osteoporosis, que sin prisa, pero sin pausa, va destruyendo sus huesos. «Rompeu a cadeira e logo o fémur», explicó ayer su hija, junto al documento que acredita que el 21 de mayo del 2008 Benigna Rivas Paredes fue valorada como gran dependiente, en grado 3, nivel 1. Desde entonces, el estado de salud de la anciana ha empeorado mucho. «Practicamente encamou, agora case non traga, case non fala», declaró Josefina, cuya existencia está ligada a las atenciones continuas que las 24 horas del día precisan su madre y su suegro. Manuel, de 96 años, está sordo y ciego, y solo se levanta de la cama algunos días. Siempre con muchas dificultades y mucha ayuda.
Nunca lo ha tenido fácil
El único respiro que tiene por ahora se lo facilitan sus dos hijos, que llevan tiempo independizados, con sus vidas montadas. «Saio un pouco para ir facer a compra ou ir ao médico», señaló. Pero Josefina, que es diabética y padece desgaste, está acostumbrada a luchar: nunca lo ha tenido fácil. Su marido enfermó joven y en muchos momentos fue ella quien tuvo que encargarse de sacar la casa adelante.
Hace algo más de 3 años que enviudó, y desde entonces todo ha ido a peor. La muerte de su esposo coincidió con el rápido empeoramiento en la salud de los dos ancianos que viven con ella desde hace 14 años -son naturales de Cospeito-. Se vio obligada a cerrar la tienda de alimentación que regentaba en la calle Río Narla para encerrarse en casa a atenderlos. «Cobro o mínimo do mínimo das pensións de viudade, douscentos e pico euros, e os abuelos cobran a mínima da agraria».