LA TRIBUNA | O |
05 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.LA MUERTE de Manuel González Fidalgo supuso un duro golpe para el deporte local, sobre todo para la cantera. Nos dijo adiós un gran directivo y mejor persona. Querido por sus compañeros de junta y admirado por técnicos y futbolistas, el padre Fidalgo deja una huella imborrable. Siempre estaba al lado de los suyos y siempre tenía esa palmadita de ánimo para los futbolistas y técnicos cuando las cosas no salían bien. De fútbol sabía, y mucho. Su trayectoria lo dice todo. En su etapa como docente en tierras madrileñas estuvo como capellán del Atlético de Madrid, en la época de don Vicente Calderón. Durante su estancia en el club colchonero entabló amistad con figuras del fútbol mundial y, sobre todo mantuvo una especial relación con Javier Irureta, con el que aún mantenía contacto. Todo ello le ayudó a adquirir experiencia, que luego aplicó en su Calasancio, al que dedicaba horas y horas. Su momento más emotivo llegó con su nombramiento como presidente de la entidad estudiantil en el año 2000, cumpliendo así uno de sus sueños. Hasta el último momento estuvo trabajando. Metódico, ordenado, no dejaba nada al azar. Fue uno de los grandes defensores de la profesionalización de la entidad. Los medios de comunicación le echaremos mucho de menos, porque su página web estaba actualizada al momento. Vivía el fútbol como un aficionado más. Sufría en la grada, exteriorizaba sus alegrías en el campo, no era uno más, era el alma de este Calasancio. Desde estas líneas, sólo me queda agradecerle la colaboración que siempre nos prestó cuándo se la requerimos. Nunca le olvidaremos. Adiós a todo un caballero. Siempre presumiré de una relación cordial con él, ya que fue uno de los pocos directivos con los que nunca hubo malentendidos. Era honesto, noble y franco.