En directo | Oficios tradicionales «Reviso uno por uno cada pieza que entra de fábrica», declara José Manuel González, propietario de una de las tiendas más populares de la ciudad, Paragüería Lucense
30 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Un paraguas a mano puede ser útil si se trata de no mojarse. José Manuel González Fernández lleva más de 36 años ocupándose de la Paragüería Lucense, una tienda donde aún se aconseja y atiende al cliente con educación. Para que regrese y se lleve el producto más acorde a sus necesidades. Algo que no debe ser tan fácil teniendo en cuenta que son 25.000 los paraguas que José Manuel almacena en su establecimiento de San Pedro, enfrente de Correos. En origen fue una fábrica y se llamó «El bom». Hasta que el empresario coruñés Juan Suárez Gutiérrez se vio obligado a cerrarla en 1907, acechado por las pérdidas y el posterior embargo. Junto a ésta de Lugo tenía otras dos, en A Coruña y Ourense. Lo que fue el final para aquél, significó el nacimiento para el ahora dueño, que entonces sólo trabajaba como empleado. Dice que adquirió la propiedad gracias a los créditos que le fue concediendo el banco. «Los paraguas de hace casi 40 años no tienen nada que ver con los de ahora» explica. Sin temor a la superstición que atribuye mala suerte al hecho de abrir un paraguas a techo cubierto, el propietario de la Paragüería Lucense despliega de detrás del mostrador uno de sus artículos más caros, un Knirps alemán cuyo coste asciende a 500 euros. «Tenemos paraguas desde 3 euros. En plástico, madera, nacarina, goma o java auténtica. Y sin ser los de 500, todos los que superan 40 euros vienen con garantía de fábrica y de calidad», afirma, sabedor de que lo bueno hay que pagarlo. De todos modos, él no se fía y le gusta revisarlos, pues como bien dice, a veces en la fábrica no saben si el paraguas salió bien o mal. «Yo reviso uno por uno cada paraguas que entra en la tienda», afirma orgulloso el dueño de este establecimiento al que casi se le podrían atribuir los cien años, si contamos desde principios del siglo pasado. «Como los nuestros van todos debidamente etiquetados, si se vende un paraguas con defecto de fábrica, se lo cambiamos al cliente por otro nuevo», asegura quien tiene a bien decir que «nunca engañó a nadie y que por eso la gente siempre vuelve». El trato exquisito y siempre amable debe ser lo que hace que entre sus clientes se encuentren nada menos que algunos lucenses emigrados a lugares como Suiza o Alemania. «Cuando vienen en verano, algunos se llevan hasta una docena de paraguas. Y los reparten allá», comenta. Y no es palabrería lo de que la gente vuelve. Con suma facilidad se puede escuchar en la Lucense: «Oiga, quería cambiar este paraguas porque mi hijo dice que le pesa mucho». «No se preocupe, señora», contesta el dueño de la paragüería. Y poco después se oye: ««Quería un paraguas, ¡e que non o rompa o vento!». «¿Largo o plegable?», pregunta el dependiente en tanto con las manos enseña a un cliente cómo se cierra el artículo que acaba de adquirir. Una buena costumbre a recuperar en otros negocios que todavía vive en la Paragüería Lucense es la de hacer arreglos. De ellos se encarga José Manuel. Los hace a mano y con la única ayuda de unas tenazas. «Arreglamos tanto los nuestros como los paraguas que nos traen de fuera. El arreglo más barato cuesta 1 euro, si hay que cambiar el capito o colocar un nuevo pasador. Por el contrario, el más caro puede llegar a los 10 euros, si lo que hay que reponer es la barra central o el puño de madera». Desde luego, el propietario de este establecimiento no sólo hace bien su trabajo, sino que le añade mucho entusiasmo.