TEMAS DEL PAÍS MANUEL FERREIRO FERNÁNDEZ | O |
05 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Permítaseme poner de manifiesto mi enorme satisfacción por la resolución de la Audiencia Provincial de Lugo que revalida el papel de Guillermo Sánchez Vilariño al frente de la Confederación de Empresarios de Lugo. En primer lugar, diré que he tenido la inmensa suerte de haber colaborado estrechamente con él y con otras personas (aunque algunos se apresuraron a marcar distancias durante las épocas difíciles, como si con ellos no fuese) al frente de la CEL durante muchos años. En esa etapa, pude comprobar que, participando en esta organización, no sólo ahondaba más en mi condición de hombre de empresa (lo que afirmo y por lo que me siento orgulloso), sino que me ha permitido vivir una etapa personal muy constructiva. No me cabe duda de que esa también ha sido una fundamental etapa de crecimiento y asentamiento para la organización empresarial y ello pese a que algunos parecen haberlo olvidado, si bien antes no tenían reparo en destacarlo. Esa, con el señor Sánchez Vilariño al frente, fue la etapa de incremento de asociados, mayor presencia en las instituciones, ampliación de los servicios, proximidad con la apertura de delegaciones, creación del Cise, Fundación CEL, y un largo etcétera en pro del empresariado. Desgraciadamente y tras el cambio de presidencia en el año 2002, la CEL se enfrenta al mayor problema de su historia que, ya se ha superado. En ese momento, junto con otros afectados, me vi envuelto en un ¿problema legal?, cuando, además, tuve la «suerte» de que el señor fiscal jefe de Lugo pusiese los ojos en mí durante su investigación. En un primer momento fui llamado a declarar como imputado -les aseguro que nada tengo de qué avergonzarme- razón por la que me encuentro legitimado para escribir estas líneas. Nunca me había sentido tan agredido en mi honorabilidad como con el tratamiento que se nos dio en los medios y en la calle. Es paradójico que la Audiencia Provincial haya decretado que no hay motivo para el procedimiento, y sin embargo ya se nos hubiese juzgado mucho antes, sin sentencia, sin defensa y sin juicio. No puedo evitar, en estos momentos, acordarme de varias personas, como aquél que afirmaba desde su atalaya que nuestras actuaciones estaban « claramente definidas y calificadas en cualquier enciclopedia, diccionario, manual de ética y libro de texto; y tipificadas y sancionadas en el Código Penal ». Menos mal que la letra impresa queda ahí para poner a cada uno en su sitio. Sin duda el título del documento Bajo sospech a aireado en su día por este personaje, poco tenía que ver con su contenido, para éste demócrata la presunción de culpabilidad es lo que prima, y por ello le recomiendo un curso intensivo en Michigan que a buen seguro reafirmará todavía más sus convicciones. Para aquellos pocos que aún no lo sepan, la querella que en su día formuló el fiscal jefe, fue «repartida» cual si se tratase de publicidad de un centro comercial, llegándose a celebrar reuniones para leerla y comentarla. Y yo me pregunto (casi me atrevo a exigirlo): los mismos que convocaron esas reuniones, ¿convocarán ahora otras para leer y comentar el auto de archivo de la querella? Por aquel entonces alguien propuso que «había que expulsar a los delincuentes por aclamación». ¿Nos aclamarán ahora como inocentes? Ojalá quienes sufran parecidos problemas en el futuro no sean tratados con tal frivolidad. Dos años y medio después de iniciarse esta indeseada situación, se reconoce la inocencia de todos los involucrados en un problema inexistente. Me alegra comprobar que los órganos judiciales en este país son ajenos a los circos y enanos que crecen en torno a los «caídos», realizando minuciosamente el trabajo de investigación e impartiendo justicia. Como ya alguien apuntó: ¿Y ahora qué? ¿A quién repercutimos los «daños y perjuicios» sufridos? Por ahora me quedo con el resultado y con la satisfacción de volver a ver las cosas en su sitio. Pese a todo fue una constructiva experiencia que no finalizó porque sigo perteneciendo a la CEL.