El segundo final de la industria del cuero

Carlos Cortés
Carlos Cortés CHANTADA

LEMOS

ROI FERNÁNDEZ

Sólo una de las tres fábricas de curtidos de Chantada sigue en pie y con sus instalaciones en buen estado Las tres empresas locales cerraron sus puertas a finales de los años cincuenta

12 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

?a pequeña industria del cuero se vino abajo a finales de los años cincuenta. En esa década cerraron sus puertas las tres empresas de Chantada que se dedicaban a ese negocio. Su único legado eran las tres fábricas, grandes edificios más imponentes aún por dentro que por fuera. Sesenta años después, está en ruinas la que había al lado de la actual estación de autobuses, y siguen en pie la casona situada en la margen derecha del Asma frente a la Alameda y la del puente nuevo. Pero a esta última le queda poco. Su nuevo propietario estudia derribarla para construir en su lugar una casa. Los técnicos creen que no vale de mucho salvarla de la piqueta. Está muy deteriorada y hace décadas que en su interior no queda ni rastro de aquella industria artesanal que sobrevivió hasta mediado el siglo pasado. «Tuvieron que cerrar porque eran empresas familiares sin capacidad para adaptarse a la mecanización o para enfrentarse a la llegada a este mercado de la goma como materia prima». Así resume las causas del final de las pequeñas empresas de curtidos de Galicia un antiguo trabajador de una de tres fábricas de Chantada, hoy septuagenario, que prefiere no dar su nombre. Pocos puestos de trabajo Al contrario de lo que ocurría en localidades como Allariz o, más cerca, Monforte, los curtidos nunca fueron una fuente de empleo importante en Chantada. Ni siquiera durante la guerra civil y los años que la siguieron, cuando el sector aprovechó el hundimiento de las fábricas catalanas, y suministraron masivamente suelas para zapatos y materia prima para zoqueros. A finales de los cincuenta, no más de veinte trabajadores padecieron directamente el cierre progresivo de las tres fábricas locales. Y la mayoría eran veteranos en edad de jubilarse. Los jóvenes rehuían ese trabajo. «Era muy desagradable, por los olores, porque tenías que andar metido en el agua..., la gente joven prefería la construcción», dice este antiguo empleado. La piel de ternero que se utilizaba en Chantada tenía que pasar por tres pozos distintos antes de llegar al secadero en condiciones de ser cortada. En el primero, el llamado caleiro , el agua mezcalada con cal lo limpiaba de restos de carne y pelos. Después, llegaba el curtido propiamente dicho, en otro pozo con un solución a base corteza de roble, encina y estratos de quebracho -un árbol originario de Argentina que en aquellos tiempos llegaba del país austral en sacos de 50 kilos-. Pasado el curtido, aún era necesario eliminar los restos de cal. El trabajo de los curtidos debe a este último paso, el conocido como purgado, buena parte de su mala reputación, porque lo mejor que tenían para limpiar la cal eran los excrementos de perro o de paloma. «Perros todos teníamos en casa y los otros salían de la limpieza de los palomares», cuenta el antiguo empleado. Gracias a que era un trabajo complicado, la arquitectura de las fábricas era espectacular. Su interior, plagado de pozos, y la anticuada maquinaria empleada los convierten en piezas codiciadas para ayuntamientos interesados en sacar partido turístico de su pasado. En Chantada, cada vez quedan menos alternativas para eso.