LA TRIBUNA | O |
21 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.DESDE HACE años -tanto en el sur lucense como en cualquier otro lugar- proliferan los mensajes que insisten en la necesidad de que la mujer participe activamente en la política. Dependiendo de los grupos, se le ofertan porcentajes de representación más o menos amplios. Esta propuesta, por muy halagadora que resulte, no deja de reflejar una necesidad de atraer en último extremo al electorado femenino y a la vez, es constatación de que para la mujer todavía existen topes en el pleno ejercicio de sus actividades públicas. Ser representados por una mujer no es frecuente, por mucho que pretendamos lo contrario, y queremos ver como natural el reparto equitativo de los puestos de responsabilidad. Lo mismo sucede en cualquier otro ámbito laboral. La autoridad masculina no se discute, se da por hecha. La femenina es más difícil de asimilar. Hace apenas veinte años, no hemos de olvidarlo, se discutía sobre las aptitudes de la mujer para cualquier actividad que no fuese la estrictamente hogareña. Y esta desconfianza se arrastra todavía hoy, aunque no esté bien visto reconocerlo en público. La participación de la mujer en la política ha sido históricamente fundamental en aras de la consecución de sus derechos como persona. Las primeras sufragistas fueron vilipendiadas, pero gracias a ellas, se consiguió el derecho al voto femenino y, a partir de ahí una serie de leyes que permitieron avances muy importantes. La mujer está hoy preparada intelectualmente para realizar una gran labor. En nada desmerece. Apostar por la presencia femenina en las listas electorales debe ser algo más que una estrategia. Aunque algunos no lo vean, es una necesidad. Y también, ¿por qué no decirlo?, un claro exponente del nivel cultural y del talante democrático de cualquier sociedad.