FORO ABIERTO
29 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.El JEFE, Humo, como líder indiscutible de la banda dedicada a la extorsión no compartía el mando. Sin embargo, sí se solía ver rodeado de un individuo más corpulento que él, canoso, al que utilizaba a su conveniencia para los sucios negocios en los que se requería, sobre todo, no ensuciarse demasiado. Fue justamente esta sumisión la que hizo que todo el mundo le conociese por el apodo de Palanga, diminutivo de Palanganas, apodo del que por otra parte nunca llegó a conocer la procedencia. Palanga era el hombre para todo, el que dirigía los encuentros con las fulanas del barrio que entraban en el negocio, en el que hacía los encargos más insensatos, el que rastreaba el lugar del crimen para hacer desaparecer las pruebas, el que liquidaba a los subordinados que se iban de la lengua, el que daba una constante apariencia de tener todo bajo control. A pesar de los muchos favores que Humo le debía, nunca le reconoció autoridad legal ni moral para tomar decisiones. Ello no impedía que cuando se trataba de aprovechar alguna aventurilla común, Humo nunca dudara en apuntarse a su compañía. En una ocasión habían hecho juntos un viaje por Europa (Francia, Suiza, Alemania...) con cargo a un favor debido por la autoridad máxima local. Se trataba de enviar unas cartas desde Europa a América para falsear el número de habitantes de Manhattan, y así incrementar el poder de los traficantes sicilianos dentro de la ciudad. A pesar de estos viajes y otros hechos juntos a las islas, y haber compartido camas y cenas, no era inusual ver a Humo hacerle cortes de mangas a sus espaldas, insultarlo veladamente o decir que no entendía de nada, que ponerle a la mesa un buen vino era como tirar margaritas a los cerdos. Los testigos que acreditan la veracidad de los hechos viven y beben aún hoy. Nunca nadie entendió por qué un hombre que podía ganarse la vida de forma legal cedía a estas presiones. Muchos decían que la culpable de tanta sumisión era su mujer, una mujer envidiosa ávida de joyas ostentosas y perfumes caros, que podía vender a su propia madre sin pestañear siquiera. La mujer de Palanga, Noli, era una mujer conocida en todo el pueblo, de muy mala reputación forjada a lo largo de años y años en los que había vendido favores y comprado influencias, odios y rencores. Era una mujer con pupilas en forma de símbolo de dólar que creía que en la vida todo estaba en venta, lo único que se requería era saber el precio. El centro de operaciones de la banda estaba anclado en un viejo consistorio medio derruido, cuyas tablas de madera se movían con el paso de los pesos y cuya actividad principal de servicio a los ciudadanos hacía tiempo que había sido abandonada. Humo, Palanga y su mujer se reunían allí todos los días para diseñar planes siempre con la misma finalidad: sustanciosos beneficios para repartir, interesantes ganancias, jugosas rentas, procedentes, además del juego y de las drogas, de otros diversos negocillos de menor importancia como era la venta de los proyectos de las parcelas del cementerio, de facturas falseadas, de pagos adelantados a empresas amigas que a cambio pagaban suculentos regalos navideños en forma de relojes de pulsera.