José Luis Marín, psiquiatra: «Un médico tarda 19 segundos en interrumpir al paciente desde que empieza a hablar en la consulta, no tienen tiempo»
SALUD MENTAL
El experto critica la separación entre mente y cuerpo que ha perjudicado a los pacientes a lo largo de décadas
05 mar 2026 . Actualizado a las 17:43 h.La separación de la mente y el cuerpo no es nueva. Como parte crucial del legado de la Ilustración, esta escisión ha operado durante siglos como una máxima que condicionó en Occidente el desarrollo de campos científicos como el de la Psiquiatría. Pero, poco a poco, algunas voces expertas comienzan a criticar este paradigma. Uno de los mayores especialistas que han cuestionado algunas de esas ideas, durante décadas consideradas como verdades, es el doctor José Luis Marín. Médico psicoterapeuta y profesor, es presidente de honor de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia. Más de cuatro décadas de trayectoria avalan su trabajo en defensa de la visión integral de la salud, que no reduce los trastornos mentales a problemas del funcionamiento del cerebro, sino que entiende al ser humano como el resultado de procesos biológicos, emocionales y sociales. Su nuevo libro, La salud mental no existe, la salud, sí (Grou, 2026) ofrece una puerta de entrada para entender esta visión.
—Habla de que la salud mental no existe como algo separado de la salud corporal o de las circunstancias de la vida. ¿Qué consecuencias tiene entenderla como entidad independiente?
—Las consecuencias ya las estamos viendo en este momento. Cada día hay más quejas, más malestar, más sufrimiento, más diagnósticos y más patología mental. Intentar separar la salud mental de la social o la corporal es algo que empezó a hacerse hace tres siglos y que en su momento tuvo sentido, pero que hoy ya no tiene absolutamente ninguno dado lo que sabemos sobre la interconexión entre nuestros sistemas. Esta separación es un artefacto artificial que han inventado los profesionales, pero no podemos seguir hablando de salud mental separándola de la digestiva, de lo que comes, de cómo duermes, de lo que te mueves o del contexto social en el que estás trabajando, que a veces es precario. La consecuencia de este fraccionamiento es que tenemos a personas consultando a múltiples especialistas cuando el problema es solamente uno: sociopsicobiológico. Pero las especialidades nos las hemos inventado nosotros, el ser humano no se puede fraccionar.
—Con la salud digestiva hay puentes tendidos, pero no tanto entre salud mental y otras especialidades.
—Claro, ese es el error que estamos cometiendo. No hacemos más que hablar de neurotransmisores y, en realidad, está más que desmontada la idea de que la depresión está causada por un déficit de serotonina. Se sabe que es falso y lo fue desde el principio.
—¿En qué consiste la psicosomática como visión de la medicina? ¿Qué puede aportar a la salud de las personas?
—La psicosomática no es una especialidad en absoluto. Es una manera de ver la medicina y la psicología que entiende que no se puede separar lo psíquico de lo corporal. La psicosomática es una actitud que entiende que las emociones no se pueden separar de las funciones biológicas. Podemos decir que todas las enfermedades son psicosomáticas porque ocurren en personas, que es lo que la medicina ha dejado de mirar. Y todas las personas tienen emociones. Todas tienen miedo, tristeza, rabia. Hoy se sabe perfectamente la relación que puede haber entre las experiencias infantiles adversas y las enfermedades autoinmunes, por ejemplo. No hay nada en salud que sea solamente biológico, nada que no esté relacionado de alguna forma, con mayor o menor intensidad, con el aparato psíquico.
—¿No se está reivindicando cada vez más la humanización de los pacientes?
—Es absolutamente al contrario. Uno de mis hijos ha terminado Medicina hace poco y su desilusión ha sido tremenda. Hay una apariencia de humanización de la medicina, pero en la práctica no es real. De hecho, cada vez hay más quejas por parte de los estudiantes porque les enseñan a ver nada más que las enfermedades, no a los pacientes. Solamente el 4 % de la carga lectiva en las carreras de medicina de las universidades españolas está dedicado a estudios sobre humanidades. El resto son biología y enfermedades.
—En la psiquiatría, en un momento en el que está cerca de publicarse el DSM-6, y que va a cambiar hasta de nombre, ¿cómo valora este manual que cada vez incorpora más entidades que podrían afectar a las personas?
—Una cosa que a mí me llama la atención y me alegra mucho es que por primera vez en la historia la directora del DSM-6 es una mujer, lo cual me parece, sinceramente, un dato muy positivo. Lo que hace la Asociación Americana de Psiquiatría, a la que yo he pertenecido durante 25 años, es enterrar el DSM-5, el 4 y el 3. Esto, en principio, me parece bien. Lo que hacen es reconocer lo que algunos psiquiatras venimos lamentando hace más de 30 años, que es la inutilidad de las ediciones anteriores. No se consideran dentro de las causas de los trastornos los valores culturales y además hay muchísimas etiquetas que no tienen sentido en la estrategia actual. Lo que se plantea es también el problema de la comorbilidad, que fue un invento terrible que hace que en una sola persona puedan converger seis u ocho diagnósticos. En el DSM-6 intentan, y veremos hasta qué punto lo consiguen, darle otra mirada al diagnóstico psiquiátrico. Reconocer el contexto y reconocer que no hay biomarcadores, que no hay enfermedades del cerebro. Que la depresión no está en tu cabeza, está en tu vida.
—La teoría del desequilibrio químico en los trastornos mentales ha sido refutada pero independientemente de esto, seguimos tratando la depresión con inhibidores selectivos de recaptación de la serotonina y se siguen haciendo diagnósticos psiquiátricos como siempre. ¿Por qué?
—Entre otras cosas, porque la psiquiatría, siguiendo al DSM, en los últimos cuarenta años no ha tenido otra cosa que hacer. No se enseñan otros recursos, solo hemos visto una psiquiatría basada en el fármaco. Dos generaciones de psiquiatras, del 1980 a esta parte, se han encontrado con que solo les han enseñado un recurso para tratar a los pacientes. Que la psiquiatría se haya centrado casi exclusivamente en el abordaje farmacológico responde a un objetivo muy claro a niveles económico. El hacer el diagnóstico por categorías tampoco parece haber resuelto nada, sino todo lo contrario. Hoy la psiquiatría se encuentra en una situación de crisis existencial porque no se desarrollaron modelos sociales de tratamiento en comunidad. La psiquiatría mainstream apostó todo a la biología y la farmacología y hoy esto se está desmontando.
—Pero por mucho que no se haya demostrado la teoría de la serotonina, los antidepresivos algo hacen para modificar nuestro estado de ánimo.
—El nombre antidepresivos es falso, como también es un nombre inventado el del ansiolítico o antipsicótico. Todos los psicofármacos tienen un efecto común, que es que producen estados de consciencia alterados. Lo que ocurre es que estos estados pueden ser preferibles para la persona que está sufriendo y, desde luego, para su entorno. Entonces, ¿el antidepresivo cura la depresión? Jamás lo ha hecho ni lo va a hacer. Lo que sí puede hacer es disminuir la angustia, la inestabilidad emocional, y eso a muchas personas les ayuda y al sistema social en el que viven, mucho más. Pero también, a su vez, producen muchísimos efectos secundarios. Los antidepresivos producen muchas más dificultades en la esfera sexual que beneficios en la psicológica.
—En el libro menciona un estudio que halló que los médicos interrumpen a sus pacientes en atención primaria. ¿Qué impacto tiene esto en la atención que reciben?
—Desde que el paciente empieza a hablar en la consulta, 19 segundos es lo que tarda un médico en interrumpirle, básicamente, porque no tiene tiempo ni recursos para escuchar al paciente. Los médicos están obligados a escribir todo en un modelo de historia clínica y eso está bien, pero al final no ayuda al paciente porque mientras el paciente está hablando, el médico no le está mirando, está tecleando en un ordenador. Con lo cual se encuentra que el sistema sanitario realmente es un sistema que no te escucha y que ni siquiera te mira. Pero no estoy quejándome de los médicos de ninguna manera. Yo lo soy y me parece que son las primeras víctimas de todo esto que está ocurriendo. Lo que ocurre es que hemos creado entre todos un sistema de vida en el que estas cosas están ocurriendo.
—Y en el que, según dice, también importa más el código postal que el código genético.
—El código postal importa mucho más que el código genético. En este momento no hay ninguna duda. Después de los miles de millones que nos hemos gastado en estudios para comprobar la genética de las enfermedades de los trastornos mentales, esos miles de millones de dólares y euros gastados no han mejorado la vida de un solo paciente. Y no han encontrado, además, nada que sea especialmente significativo.