Manuel tiene TEA: «Todos eran círculos y yo quería serlo, pero a lo mejor es más bonito destacar siendo un cuadrado»
SALUD MENTAL
Tras años despreciándose, acabó por entender que era el mundo y no él quien debía cambiar; ahora es capaz de sentarse a contar su historia
25 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Sus ojos son profundos y claros; su trato, cálido. Se percibe habiendo cruzado apenas un par de frases. Tiende la mano como parte del protocolo habitual de presentación. «Me llamo Manuel, Manuel Dorado González». El ritual no es, en general, el más fluido. Quizás algo apresurado; no acaba de prender la típica conversación ligera. A veces surge y otras no, como en cualquier primer contacto entre desconocidos. Puede que la primera impresión hubiese sido distinta en otro entorno. Pese a que la hora estaba acordada, la puntualidad atómica y el encontronazo de sopetón en un recibidor de la asociación Asperga (Asociación Galega de Asperger) lo hace un poco más brusco.
El escrutinio milimétrico al saludo es injusto. Si se ve algo es porque fue buscado. Todo hubiese pasado desapercibido si a 'Manu' no le acompañase, desde los seis años, su diagnóstico de autismo. «Ahora quieren que se deje de emplear el aspérger como síndrome —en su caso, así le llamaron los médicos por primera vez—, que sea simplemente TEA (Trastorno del Espectro Autista)». Da la sensación de no preocuparle excesivamente el debate semántico. La conversación se traslada a una sala anexa. A puerta cerrada. Se sienta un joven de 21 años, dos más que la asociación que ofrece espacio a la conversación.
Asperga comenzó a dar apoyo a personas en el espectro autista en el 2012, «a los dos años de mi diagnóstico empezaron a funcionar con los primeros psicólogos y talleres». Sus historias son paralelas, aunque las primeras referencias de la de Manuel llegan a través de vivencias ajenas. «Mis padres vieron que, de pequeño, mi funcionamiento, mi forma de ser, era diferente. Ni mejor ni peor, pero había diferencias con los otros niños. Mediante test de los que apenas me acuerdo, recibí el diagnóstico». Puede que un diagnóstico no sea más que una etiqueta para algunos, un bautismo para una realidad que ya estaba en marcha. Pero en su casa cayó como un elemento útil, ayudando a que las piezas encajasen. Manuel dormía mal —«fatal», dice—, sin cesar de llorar durante la noche. Eran las primeras pistas en su entorno. Su abuela le cuenta todavía hoy que él era el único niño que nunca interaccionaba jugando a los Cinco Lobitos. También estaba su dificultad para captar el sarcasmo. «Esto es de lo más conocido», comenta. «Hay una anécdota sobre un día lluvioso, de esos llenos de charcos. Yo estaba chapoteando en ellos, como cualquier niño Mi madre vio que me estaba mojando y me dijo ''venga, venga, sigue saltando''. Para cualquiera, está claro el doble sentido. Pero yo me lo tomé literalmente y me puse a saltar más. Mi madre se enfadó». El diagnóstico dio forma a aquellas actitudes. «Mi madre llegó a confesarme que se sintió mal por no haberme entendido en algunas cosas, como la del charco. Por eso conozco la historia». Un par de golpes a la puerta cortan el relato. Es el fotógrafo que viene a tomarle varios retratos para el reportaje.
Un entorno que abraza la diversidad
Manu sigue las órdenes del hombre tras la cámara. «Apóyate aquí», «pon el brazo asá». No parece excesivamente cómodo, ¿pero quién lo estaría? Interrumpe la sesión y señala a un perro que se niega a avanzar mientras le mira. «Es que está ahí mi abuelo y el perro me ha visto. Voy a acercarme un momento porque si no, no se va a mover». Avanza hacia el animal, que por fin arranca su marcha.
De vuelta al interior de la asociación, continúa con su relato. Manuel lleva agitando su mano derecha desde que comenzó la conversación. «Cuando me pongo nervioso se me nota. Soy alguien que se mueve bastante. Yo no me doy cuenta».
La curiosidad por la interacción con ese perro conduce a hablar de animales. Existen teorías —¿mitos?— de que la interacción con ellos por parte de las personas en el espectro autista es distinta; de que hay una sensibilidad distinta que lleva a otro tipo de entendimiento al que la neurotipicidad no llega. «Esto es súper interesante. Sin ser científico ni nada, yo también lo veo. Son cosas que lees por ahí, pero a mí me parece que es verdad. Como que los animales detectan a veces mejor a las personas y su interior».
Su abuelo ha sido uno de los pilares que han sostenido su historia de crecimiento personal, al igual que sus padres. «En casa no teníamos conocimientos sobre el trastorno del espectro autista. Aprendieron teniéndome cerca. Si puedo hacer hoy esta entrevista es porque hay mucho trabajo detrás. Desde el minuto uno se recorrieron la ciudad en busca de psicólogos, psiquiatras, hospitales. Hablo por mí, pero yo sí tuve la suerte de tener una familia inclusiva que entendió cómo era. Trataron de ayudarme, de entender cómo veo el mundo. Hicieron cambios en su día a día, mi madre empezó a utilizar mucho los dobles sentidos conmigo para que yo preguntase qué era esto y lo otro, y así poder explicármelo. Mis abuelos también fueron muy importantes. Desde pequeño tuve problemas con la alimentación, me costaba comer sólido, me molestaban los olores —quizás una característica de las más comunes, pero menos populares del autismo—, así que mi abuela me hacía purés. Siempre buscaban la manera de ayudarme. Muchas veces se habrán equivocado, pero he tenido la suerte de que siempre han intentado arroparme y ayudarme», destaca.
Entrenar para el mundo
Siempre le ha costado orientarse o manejarse en ambientes ruidosos. Por otro lado, desde muy niño mostró una habilidad superior a la media con el lenguaje. «Cada persona es como es. Hay quien nace más alto o más bajo; más gordito o más flaco. Yo siempre voy a ser así. Siempre voy a tener aspérger. Lo que siempre hemos buscado y seguimos haciendo es tratar de manejarme lo mejor posible con el mundo. Claro que tengo dificultades, pero con el paso de los años y autoconocerme, fui corrigiendo diferentes situaciones».
A base de entrenamiento, ha ido coronando puertos. «Aprendí a convivir, me fui acostumbrando. De pequeño lo pasaba mal con el ruido, hoy puedo ir a un bar y estar rodeado de gente. O ir al estadio, que me gusta mucho el fútbol». No tiene carné de conducir, lo intentó, pero no era el momento. Tampoco es que ayuden a la conducción las grandes dificultades que aún tiene para lograr la orientación espacial, algo que la tecnología ha ayudado a paliar en parte. «Yo soy malísimo orientándome. Pero malísimo, malísimo. Aprendí a usar Google Maps y la aplicación de los buses. Si ahora quiero ir a la plaza de Vigo, puedo ir. Antes te diría que dónde está eso, si me tenía que ir hasta Vigo».
Los amigos y el instituto
Manu reitera varias veces en que, lo que cuenta, es lo que él ha vivido.En que no necesariamente su historia es aplicable a la totalidad de personas con autismo. «La gente suele pensar que estamos mejor solos. Eso no puede estar más lejos de la realidad. Sí, tenemos nuestros momentos de introspección, pero a mí me encantaría probar un día a salir. Me gusta mucho estar con gente. Tenemos dificultades para relacionarnos, pensamos de otra manera, pero intentamos siempre hacer amigos. Lo consigues, pero te cuesta manejar las relaciones. Yo empecé a jugar al fútbol para tener amigos. Creer que estamos mejor en nuestra habitación aislados... Yo hay veces que sufro por eso, por querer salir y no poder», comenta.
La agitación de su mano ha disminuido a medida que lo hacía su nerviosismo. Está más cómodo, pese a que cada vez la conversación desciende a más profundidad. No es que se asumiese, pero no sorprende que cuente que sufrió durante su etapa escolar. «Las clases siempre fueron, sinceramente, un infierno. Sufrí bullying y acabé teniendo situaciones de ansiedad que son, básicamente, por lo que voy al psicólogo». No quiere hacer sangre o generalizar, no quiero abrir fuego contra el sistema educativo, «mi abuelo fue profesor durante cuarenta y un años», pero no puede evitar que las cosas fueran como fueron.
La escuela, para alguien en el espectro, es de por sí una experiencia muy estimulante. No era un mal estudiante en absoluto, es más, por su estructura mental era muy exigente con sus tareas —quizás demasiado—. «Pero si a eso les sumas que tres, cuatro o cinco personas les hace gracia vacilarte a diario, pues el colegio acaba siendo un estrés. A raíz de ir conociendo a más personas como yo he podido ver que todos hemos tenido problemas». Reconoce que son situaciones difíciles de cambiar y que se hace a espaldas de profesores —insiste en que siempre le trataron «genial»— y adultos responsables, pero ahí están. Además, la pandemia rompió sus rutinas finalizando la ESO, haciendo todavía más dura la vuelta y generándole «pavor». Sus notas, no excelentes pero siempre buenas, se resintieron. El plan trazado para él —el que casi todo el mundo traza, por otra parte—, la santísima trinidad bachillerato-EBAU-carrera se resquebrajó. Para que empezase otro.
«Mi camino no fue lineal, no fue el que me habría gustado, acabar el bachillerato, selectividad y universidad, pero he ido dando vueltas, haciendo proyectos como montar los partidos de fútbol en Asperga, y ahora estoy terminando una FP de administrativo. Para que veas cómo es la vida. Me iba a apuntar a otra, no quedaban plazas y entré en este. Lo hice porque creí que no podía estar otro año parado, que tenía que moverme. Y me gusta». Dice con una pausa y algún taco que da un énfasis que, sin citarlo, merece resaltarse.
Para los que vienen (porque vendrán)
La verdad es que no todo fue oscuro dentro de un aula. Habla con cariño de un tal Agustín, un «amigo-amigo» de su primera infancia. Hoy se siguen en redes sociales, pero hasta ahí llega la pista que el uno tiene del otro. «Nos alejamos un poco, cada uno fue más por su camino. Estuvimos muchísimos años él y yo. Era mi único apoyo. Le recuerdo con cariño, porque se preocupó por conocerme como persona y no lo que veían los demás, pasamos situaciones malas porque él me defendía. Ayuda a encontrar a personas así». Esté donde esté, consta en acta su reconocimiento.
Si la conversación se está alargando, es porque Manuel no habla solo por él. «Busco que el mundo sea más inclusivo, que sea mejor para todos, no solo para los autistas. Yo no voy a ser el último autista. Generación a generación van a seguir naciendo. Y van a tener que pasar lo que yo pasé. Si el mundo está más preparado, les va a ser más llevadero. Sí, yo aprendí muchas cosas, pero demasiadas veces a base de golpes. Por eso estoy tan contento que hoy en día exista atención temprana, de que en Asperga empiecen a trabajar ya a los dos años». Es aquí cuando su discurso alcanza su cénit, con una fuerza y una pasión que es mejor no interrumpir. «Me pasé muchos años sintiéndome mal por cómo era, no me gustaba mi persona, no me gustaba ser autista, pensaba que era algo malo. Si vas a clase y tienes un tic y te rechazan por eso, ¿cómo pensaría tu cabeza? Me cuestioné durante muchos años, pensando en la putada que era tener aspérger —que está más relajado se nota también en su registro—, estuve años jugando a ser lo más neurotípico posible. Pero llegó un punto en el que entendí que no tenía que ser como los demás. Me he querido cambiar, eliminar muchas cosas, lloré mucho y me sentí muy mal. Y claro, como para no tener ansiedad. Después de llevar años aquí, haciendo cosas, hace un año tuve la oportunidad de dar mi primera entrevista y decidí hacerlo. Por mí, porque pasé muchos años odiándome. Tú eres de La Voz, esto puede que se lea en toda España, pero yo esto jamás lo contaba, quería los exámenes normales, sin adaptaciones, siempre con el ''no, no, yo como los demás'', que no se sepa», explica, antes de dejar el titular de esta charla: «Hoy puede que hubiera cambiado muchas cosas, pero no puedo cambiar el pasado, solo el presente. Tardé mucho en salir del armario del autismo, por así decirlo, en conocerme, estuve muchos años yendo a terapias por situaciones que me agobiaban cuando los que deberían pasar por ahí eran los que me estaban vacilando. Me di cuenta que lo que tendría que cambiar es el mundo, no yo. No te voy a mentir, si todos son círculos, yo quería ser un círculo. Pero a lo mejor es más bonito y destacar siendo un cuadrado. Ser diferente». Olé.