Juan Luis Arévalo, médico y trasplantado: «Nunca se está preparado para la muerte, pero hay que ser realistas, es lo que hay»

Lois Balado Tomé
Lois Balado A CORUÑA / LA VOZ

ENFERMEDADES

Senén Rouco

Tras 28 años con un riñón y un corazón ajenos que se agotan, no desea volver a ser operado

26 ene 2026 . Actualizado a las 13:26 h.

El médico Juan Luis Arévalo (Cáceres, 1954) acabó en A Coruña después de una carambola imprevisible que le llevó a estudiar Medicina en Santiago de Compostela, muy lejos de su tierra. Aquí se quedó, y hoy apura los últimos coletazos de sus 71 años. «En dos meses hago los 72». Sin embargo, una bisectriz atraviesa su vida. A los 43, un infarto masivo le llevo a tener que ser sometido a un doble trasplante de corazón y riñón. Ya son 28 años viviendo con dos órganos ajenos, lo que supone superar todas las expectativas. «No sabría decirte cuál es la vida media de un trasplante. ¿Quince, veinte, veinticinco años? Depende, hay gente que se muere al año». Consciente de que no debería quedar demasiado para que corazón, riñón —si no sus vascularizaciones— colapsen, ha decidido que ya ha tenido suficiente. «Puedo morir en cualquier momento, pero no me voy a hacer un nuevo trasplante: he vivido lo que me correspondía», dice sobre el anuncio de su libro Trasplantado, que será presentado el próximo seis de febrero en el Aula Magna del Colegio Oficial de Médicos de A Coruña (19.30 horas). «No sé por qué te extraña tanto», comenta.

Es que renunciar a un trasplante, a la posibilidad de vivir algo más, es duro. Va en contra de un instinto natural de supervivencia.

——Puede parecer algo bastante duro, pero es la realidad. Mi realidad. En la vida uno no sabe cuánto va a vivir; cuánto va a durar. Pero en base a las estadísticas, por cómo estoy yo, mi corazón y el resto de mis órganos, calculo que, como mucho, tendré tres o cinco años. Diez ya sería una barbaridad. Voy a intentar hacer todo lo posible por mantenerme bien. Pero por la propia mecánica de un organismo sé que va a ser difícil. El corazón tiene una evolución. Los cardiólogos saben mucho mejor que yo todo lo que acontece y por qué morimos, pero creo tener una idea bastante amplia de la situación.

—Efectivamente, porque es importante resaltar que usted es médico. ¿Esto hace que todo lo tenga más reflexionado?

—Nunca se está completamente preparado para la muerte, pero es preferible enfocarlo con realismo, porque es lo que hay. Los que han durado cuarenta o cuarenta y cinco años tras el trasplante, gente joven que se trasplantó con quince, diez u ocho, son excepciones. Mi caso es el que es.

—En cualquier caso, quizás podría optar a un nuevo trasplante, pero usted dice que no lo quiere.

—El motivo es muy fácil de entender. Cuando yo me trasplanté, tenía 43 años. Mi cuerpo, mis arterias, mis venas y el resto de órganos estaban muy bien. Pero hoy en día, el deterioro es total. Por la medicación, porque los órganos, los injertos, el corazón y el riñón se van deteriorando e indudablemente, aunque yo ahora mismo esté muy bien funcionando al cincuenta, al sesenta, o al ochenta por ciento, ¿cuánto más voy a aguantar? No lo sé, pero el deterioro está ahí. Entonces, ¿de qué me vale a mí ahora o dentro de un año o cinco que me hagan un nuevo trasplante? Lo aceptaría siempre y cuando no procediese de un donante. Vivo o muerto, me da igual. ¿Por qué? Porque no sé cuánto soportaría mi cuerpo que ese órgano viviese más tiempo del que en realidad me correspondería. Conozco gente que se ha retrasplantado. Y se pasa muy mal.

—Pero independientemente de cómo pudiese salir, está renunciando a la posibilidad de vivir más.

—No renuncio. Estoy dando la oportunidad a otra persona más joven que yo, que haya vivido menos o que haya experimentado otras circunstancias. Hay mucha gente que ahora mismo necesita un corazón, ¿por qué me lo voy a llevar yo? Es que prefiero donárselo a otro, que una persona más joven que yo lo pueda recibir.

—Bueno, eso es lo que yo entiendo por renunciar.

—Bueno, pues si lo ves así. Ojo, que eso no quita que llegado el momento mi familia haga conmigo lo que quiera. Por supuesto, ellos querrían que yo estuviese aquí otros cincuenta años, pero creo que son conscientes de la situación, al igual que lo soy yo mismo. Es que se pasa mal, se producen muchos ingresos y tal y como está ahora mi cuerpo, por muy bien que se me pueda ver, preferiría no recibir ningún trasplante más.

—Habla de su familia, que evidentemente está al tanto de sus deseos. ¿Cómo se lo han tomado?

—Hombre, pues mal. Ayer cuando llegué a casa, mi mujer estaba destrozada. Le pregunté por qué estaba así, que no era necesario ponerse como se estaba poniendo. Creo que mi forma de verlo debe ser respetada y mi mujer sabe de sobra la durabilidad de los trasplantes, los años que vivimos. Y para estar mal, para estar sufriendo más, es preferible no recibir ese órgano. ¿Que probablemente pudiese estar por aquí tres, cinco u ocho años más, que ya es mucho? Pero para estar mal, prefiero que sea así. Lo tengo clarísimo. Ellos no estarán nunca preparados. Nadie está preparado para que un ser querido se muera.

—Habrá quien pueda estar pensando que tampoco podría ser candidato a entrar en una lista de espera de un órgano.

—Vale, de acuerdo, pero imagínate que los cardiólogos dicen: «Vamos a operar a este hombre para darle otros tres, cinco o diez años de vida». Pues yo que sé... Supongo que tendrían que hacerlo, porque yo estaría moribundo, al igual que estuve la primera vez. La decisión sería de la familia. ¿Y la familia que va a decir? Que sí, que hagan lo que puedan. ¿En contra de mi voluntad? Pues casi que sí, porque tras un trasplante hay muchos problemas, muchos reconocimientos, muchas exploraciones. Es complejo.

—¿Cómo es estar inmunosuprimido durante casi treinta años?

—Se lleva bien, es fácil. Tomas las pastillas como si te tomaras caramelos. Uno se hace a estar, entre comillas, viviendo bajo una espada de Damocles. Lo asumes, vives con ello, lo abrazas como una circunstancia más que hay que admitir. No puedes huir de la realidad.

—Parece una persona alegre, que le gusta estar con la gente, no parece en ningún caso cansado de vivir.

—No tiene nada que ver eso. A mí me gustaría estar aquí hasta los cien años, pero si voy a estar mal, que eso es algo seguro, prefiero que ese órgano vaya a un joven antes que a mí. Esto lo he hablado con mi cardiólogo. Se lo comenté, y no me dijo ni mu. Se quedó callado y asintió. Ellos harán lo que quieran, pero si es por mi parte, así se haría, porque dar una oportunidad como la que yo he tenido a otra persona joven es un regalo que no es fácil que la vida te conceda.

—Me gustaría volver a esa época en la que tenía 43 años y las cosas empiezan a ir mal en su cuerpo, justo antes del trasplante.

—No es que mi cuerpo fuese nada mal, es que yo estaba absorto en mi trabajo. Me levantaba a la hora que fuese, trabajaba en urgencias por la noche, haciendo guardias, pero cuando salía no me iba a mi casa a dormir. Seguía con mi ritmo de trabajo como si no pasase nada. Así, año tras año. Llega un momento en el que sí, empiezo a ver unos síntomas. El cuerpo empieza a avisar, pero la mente niega. Tiraba para adelante. Pensaba: «Esto no es nada». Fui abandonándome, hasta que un día me dio un infarto masivo que me dejó muy tocado. Estuve dos o tres días vagando por consultas, que si un neumólogo, que si al digestivo por el tema del dolor gástrico, y yo que estaba viendo gente con problemas de ese tipo todos los días no pensé en que algo así me podía estar pasando. Mi mente me decía que estaba bien. Al final, ya estando ingresado en un centro hospitalario, me tuvieron que trasladar a la residencia porque aquella noche pensé que moría. Y no lo hice de milagro. Llegué a urgencias a las cinco de la tarde y ya me ingresaron. Estuve nueve días en cuidados intensivos y ya me dijeron que la única solución pasaba por un trasplante, si es que llegaba. Esos nueve días estuve, pero no estuve, el tiempo se escapaba. En la uci, la mente está en otros mundos. El libro parte de la uci, de todo lo que yo viví allí dentro. Siempre tuve claro que yo no iba a morir en la uci, que iba a seguir viviendo. Desde el minuto en el que entré, noté la gratitud y tuve siempre clarísimo que no me podía morir.

—Y después de nueve días, al quirófano...

—Para mí, esos nueve días no fueron nada. Mi mujer venía a verme, iba y venía, pero yo le decía todo el rato: «¿Otra vez estás aquí? Caray, qué pronto ha pasado el tiempo». Las veinte veces que en las que estuvo siempre le decía lo mismo: «Oye, qué guapa estás, hoy estás más guapa». No sé por qué, pero esa frase me salía de dentro. Cuando entré en quirófano, el anestesista me dijo: «Vamos a contar desde el cien para atrás». Yo creo que conté una, hasta el 99. Durante la operación aún seguía notando cosas, oyendo; había claridad. Cuando me conectaron a la extracorpórea, ahí sí que todo se apagó. Fue entrar en un túnel oscuro e infinito. Y me solté, me dejé llevar. Total, no tenía nada que hacer, estaba en manos de otro, que sea lo que tenga que ser, pero lo que sí sabía es que me iba muy tranquilo a ese sitio. Creo que tardé 24 o 48 horas en despertar, atontado, totalmente mareado, con alguna crisis de febrícula, pero yo no era consciente de que ya me habían puesto los riñones y el corazón. De que ahí ya estaba todo funcionando. Tardas en aterrizar. A los dos días te suben a planta y allí estás aislado, todo el mundo entraba súper tapado, como en la película de E.T. Y al final me pasan a la habitación y ahí empieza un poquito la normalidad. 

—¿Cómo es despertarse después de una operación con el corazón de otra persona?

—En esos momento no eres consciente. Tal vez si antes ya sabías que tu vida dependía de otro corazón, si has tenido tiempo para reflexionarlo, es distinto, pero mi caso no era ese. Simplemente dije: «Vale, muy bien, me han puesto un corazón». Pero no eres consciente. Si fuera un enfermo crónico que dependiese de ello, al despertarme, lo primero que haría sería fijarme en que está ahí, en que lo noto latir, pero yo estaba en otras cosas. Con el tiempo empiezas a verlo, pero hay un tipo de pacientes que se opera esperando única y exclusivamente por ese corazón. Mi caso no fue así.

—En cualquier caso, se acabaría dando cuenta cuando empezó su nueva vida.

—En menos de una semana empiezas a ser consciente. A los 19 días me mandaron a mi casa. Ahí ya empiezas a ser mucho más consciente, a ver la realidad, el drama en el que está sumido, no tú, sino toda tu familia. Poco a poco, el tiempo fue solucionando los problemas. Lo más fácil fue la recuperación física, que duró siete u ocho meses. No es que no pudiese moverme, se trata de volver a ser independiente. Yo me hice el chulito, me apresuré y un día salí a la calle pensando que ya estaba estupendo y me pegué un topetazo en la calle que no veas. Pero lo más difícil es la cuestión mental.

—¿En qué sentido?

—En todo, en tener que hacerte a una nueva vida. Qué voy a hacer o qué no voy a hacer, qué va a ser mi vida. Yo estaba trabajando en Fene, pero es que en las 36 horas que no estaba allí, estaba en mi consulta privada. Le dije a la cardióloga Marisa Crespo, que ya llevaba a los pacientes de insuficiencia cardíaca en A Coruña, que yo quería trabajar. Pero me dijo que no podía estar en contacto con enfermos. Lo único que me quedaba era la medicina preventiva: hacer reconocimientos en empresas o trabajar en un centro psicotécnico como este. Que aquí llegan también pacientes muy cascados, de los que te tienes que apartar un poco o ponerte mascarilla. Con la inmunosupresión hay que tener mucho cuidado, tenerla siempre presente. Y ojo, que vas a tener infecciones sin saber de dónde te vienen. 

—Para que todo este sistema que tenemos montado en España funcione, una parte muy importante es el anonimato. ¿Alguna vez ha pensado en la persona que o en las personas que le dieron una nueva oportunidad?

—Todos los días. Y cuando no lo hago es porque caigo rendido en la cama, pero todos los días.

—Usted que lo ha vivido en primera persona, ¿entiende que sea anónimo? Porque quizás ha querido agradecer y no ha podido.

—Cuando esto se hace, es porque hay motivos suficientes, porque se ha estudiado de sobra el porqué no es conveniente. En otros países como Francia, creo que en América también, permiten que se conozcan, pero cuando en España se hizo, sería por algo importante y está súper estudiado, fijo. No es por capricho, eso se hizo a conciencia ¿Que hay gente que sabe quién es el donante? Puede haberlos, pero son los menos, la mayoría, diría que el 98% no sabe nada.

Lois Balado Tomé
Lois Balado Tomé
Lois Balado Tomé

A Coruña (1988). Redactor multimedia que lleva más de una década haciendo periodismo. Un viaje que empezó en televisión, continuó en la redacción de un periódico y que ahora navega en las aguas abiertas de Internet. Creo en las nuevas narrativas, en que cambian las formas de informarse pero que la necesidad por saber sigue ahí. Conté historias políticas, conté historias deportivas y ahora cuento historias de salud.

A Coruña (1988). Redactor multimedia que lleva más de una década haciendo periodismo. Un viaje que empezó en televisión, continuó en la redacción de un periódico y que ahora navega en las aguas abiertas de Internet. Creo en las nuevas narrativas, en que cambian las formas de informarse pero que la necesidad por saber sigue ahí. Conté historias políticas, conté historias deportivas y ahora cuento historias de salud.