¿Qué es la creatinina?: «Me gustaría que la gente en el bar se preguntase cómo tienen su filtrado glomerular»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

EL BOTIQUÍN

Imagen de archivo del CHUO de varias pruebas de orina.
Imagen de archivo del CHUO de varias pruebas de orina. Santi M. Amil

Este parámetro, sumado a la determinación de albúmina en orina, permiten conocer el estado actual y futuro del riñón

18 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Los resultados de un análisis de sangre y orina son un ámbito que no todo el mundo conoce. A bote pronto, cualquier persona sabe identificar el colesterol, —sus dos tipos— y entiende qué significa tener el HDL alto o el LDL fuera de rango; saben de glucosa, hierro o ferritina. Sin embargo, la cosa se complica cuando aparecen otros marcadores.. Es el caso de la creatinina, un producto de desecho generado por los músculos. Permite hacer una fotografía del trabajo que realizan los riñones, que la filtran y eliminan a través de la orina. «Para los médicos es un marcador de función renal porque es una molécula que, al eliminarse fundamentalmente por el riñón, si estos no funcionan bien, aumentará su valor», advierte Emilio Sánchez, presidente de la Sociedad Española de Nefrología (S.E.N.). Así, se convierte en el principal indicador de daño renal y, por tanto, de enfermedad.

En la analítica, el valor de la creatinina se acompaña de otro dato, el filtrado glomerular, que cobra aún más relevancia. Se trata de una fórmula matemática que emplea la edad y los niveles de creatinina para estimar el porcentaje de función renal. «Si el filtrado glomerular sale 34, esto quiere decir que la función de los riñones de esa persona es 34 %. Si sale 63, 63 %. En los análisis suele aparecer como FG o FGE, porque es una estimación, y es lo que me da la idea de cuánto están funcionando los riñones», explica Sánchez, quien añade que cualquier persona puede consultar ambos valores en sus análisis de sangre.

Niveles de afectación renal según los resultados del filtrado glomerular

  • = o >90: normalidad
  • 60-89: disminución ligera
  • 45-59: disminución ligera-moderada
  • 30-44: disminución moderada
  • 15-29: disminución severa
  • <15: fallo renal

Estos marcadores se complementan con la albuminuria, aunque es menos habitual que el médico de cabecera la solicite. «Es la pérdida de la proteína de albúmina por la orina. Lo normal es que sea cero. Todo lo que se incremente indica que ya hay daño renal», señala el especialista. Cuanto más elevado sea, peor.

«Con estos dos valores se analiza la función renal. El filtrado glomerular indica mi función renal de hoy. La albuminuria me da el pronóstico, es decir, el riesgo que tengo en los próximos diez años de llegar a diálisis o a trasplante», precisa Sánchez. Así, un paciente de setenta años sin albúmina en la orina probablemente no presenta riesgo renal; en cambio, «si tiene mucha albúmina, sé que igual en tres o cuatro años puede estar en diálisis». Esto permite aumentar los controles y ofrecer tratamientos más efectivos.

Controlar estos valores es clave porque la enfermedad renal es silenciosa y no se manifiesta hasta fases muy avanzadas. Una de cada siete personas la padece de manera crónica. «El problema es que tus riñones se van estropeando y solo da signos cuando prácticamente es irreversible y tienes que ir a diálisis. Por eso, no podemos guiarnos por los síntomas, tenemos que ir antes que ella», alerta el experto. La patología ha crecido en las últimas décadas y se espera que siga haciéndolo. En un lado de la balanza, están los malos hábitos de vida y enfermedades de la vida moderna, como la diabetes o la obesidad, las cuales actúan como un factor de riesgo. En el otro, la edad. Una variable que hace más probable que los riñones fallen más y que no se puede evitar. 

Se estima que la enfermedad renal comienza a producirse unos veinte años antes de su manifestación clínica. Mientras tanto, no duele. Esto hace que cerca de la mitad de las personas afectadas no sepan que la padecen y, por lo tanto, no reciben el tratamiento adecuado ni pueden prevenir las complicaciones derivadas del deterioro. De acuerdo con el Global Burden of Disease, la enfermedad renal crónica podría llegar a situarse por delante de otras patologías mucho más conocidas, como los tumores. Sobre todo, si se tiene en cuenta que, en estas últimas se realizan cada vez más programas de cribado y existe una mayor concienciación social. En cambio, la patología renal sigue siendo una gran desconocida. 

Así las cosas, el beneficio de la prevención es doble: se protege la calidad de vida del paciente y se reducen los costes para el sistema sanitario. Además, el precio de determinar estos dos valores en sangre es mínimo: noventa céntimos. «¿Algún español se puede quedar sin el diagnóstico de enfermedad renal crónica por 90 céntimos? Yo creo que no vale la pena», añade Sánchez.

El perfil de riesgo es conocido: personas mayores de sesenta años con diabetes, hipertensión, obesidad, fumadores o con antecedentes de eventos cardiovasculares, como infarto, ictus o angina de pecho. Con esta guía se abarca al 85 % de los afectados.

Por ello, Sánchez llama a los médicos de atención primaria a diagnosticar enfermedad renal crónica en pacientes con estas características y anima a los ciudadanos a preguntar a su médico cómo funciona su riñón. «Me gustaría que la gente, al igual que se fija en cómo tiene el colesterol y lo comenta en el bar con sus amigos, también se pregunten unos a otros: “¿Y tú cómo tienes el filtrado glomerular?”», concluye.

Hábitos de vida: la primera línea de defensa

Para prevenir o ralentizar la enfermedad renal, los hábitos de vida no son solo recomendables: son casi obligatorios. La alimentación es clave. «El estilo de vida en Europa occidental en el 2026 es de todo menos saludable», apunta Sánchez. «Comemos mucha comida ultraprocesada, con muchos aditivos, y consumimos más de lo que necesitamos. Hacemos poco deporte. La obesidad no para de crecer y, además, en España, el 25 % de la población sigue fumando, sin contar a los que vapean».

Los ultraprocesados dañan el riñón, especialmente por la sal y los fosfatos. «Todo el mundo entiende que el colesterol es malo porque tapa las arterias, y el fósforo es una especie de colesterol en este sentido: se pega a las arterias y las va cerrando», explica. Sin embargo, aclara que no hace falta llevar una dieta estricta: «Por supuesto que un día podemos tomar una pizza o una lasaña precocinada, pero no puede ser todos los días. Tenemos que dedicar más tiempo a cocinar, en lugar de a Instagram, para tener una dieta rica en frutas, verduras y alimentos de origen vegetal».

El consumo excesivo de antiinflamatorios también es un riesgo. «Los tomamos con una alegría loca», resume Sánchez. Tomar uno o dos de vez en cuando no supone problema, «pero el peligro aparece cuando se consumen casi a diario».

El ibuprofeno, un antiinflamatorio no esteroideo (AINE) común, puede reducir el flujo sanguíneo hacia los riñones y su capacidad para filtrar desechos. El riesgo aumenta con dosis altas o un uso prolongado, aumentando el peligro de daño renal agudo y deterioro progresivo de la función.

Otro fenómeno preocupante es el consumo de suplementos de proteínas entre jóvenes que van a entrenar. «Se apuntan al gimnasio y compran el que les dice el monitor. Esos botes son desastrosos para el riñón y se venden sin ningún control sanitario», explica Sánchez.

El problema no es el exceso de proteínas en sí, sino consumirlas sin conocer la función renal. «Con 20 o 25 años, suele estar perfecta y no hay problema. El tema es que muchos chicos no se han hecho un análisis ni de sangre ni de orina, ni una ecografía para saber si tienen un riñón o dos», señala. Así, advierte, se condena a algunos jóvenes a desarrollar enfermedad renal crónica «por culpa de estos suplementos proteicos».

La razón es que un sobreaporte de proteínas obliga a los riñones a trabajar en exceso. «Es como si tuviera un Mercedes y cogiese la autopista desde Oviedo hasta Madrid todo el rato en primera. Puedo llegar, pero el motor no durará nada», ejemplifica el experto, quien finaliza: «Ante esta sobrecarga, los riñones acaban claudicando».

Lucía Cancela
Lucía Cancela
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Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.