¿Es posible notar diferencias al tomar un medicamento genérico?, fármacos iguales pero no idénticos
EL BOTIQUÍN
Los excipientes juegan un papel crucial en el funcionamiento de los comprimidos genéricos, a los que se les permiten ciertos márgenes de diferencia, pero garantizado su bioequivalencia
03 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Cuanto más se exploran nuevos preparados, más obvio resulta que en la cocina no solo influye eso de que «cada maestrillo tiene su librillo». La gastronomía no es exclusivamente una lista de ingredientes que se mezclan, uno detrás de otro, en una olla al calor de un fuego. ¿Cuántas veces han seguido al pie de la letra la receta que les dio su padre o les legó su abuela sin conseguir emular aquel sabor? Sabe bien, pero sabe a otra cosa. A los fogones, importa todo. En repostería, no es lo mismo una levadura que otra. Por supuesto, un potaje cambiará mucho dependiendo del lugar de donde hayan sacado la verdura o las legumbres. Incluso el agua donde se cuece puede afectar al sabor. Ni siquiera es una cuestión de materias primas: ¿es lo mismo un fogón de gas o una cocina de leña que una placa de inducción?, ¿por qué el resultado varía según la olla que se emplee? Y si esto pasa cocinando, ¿no tendría sentido que también existan diferencias entre dos medicamentos supuestamente iguales en su composición, con la misma concentración de un principio activo, pero fabricados por distintos laboratorios?
En las oficinas de farmacia, más de 25 años después de la llegada de los medicamentos genéricos a España, todavía es habitual que la persona tras el mostrador realice una pregunta al paciente que viene a por el medicamento que tiene prescrito en su receta. «No tengo el que se lleva normalmente, pero tengo el de este otro laboratorio, ¿le vale?». Llama la atención la pregunta teniendo en cuenta que ambos comprimidos son, en teoría, el mismo. El paracetamol de un gramo es paracetamol de un gramo, independientemente de quién lo fabrique. ¿O acaso no lo es? Aunque la respuesta corta es que sí, la larga es un «casi». En efecto, pueden existir ligeras diferencias entre ellos. Afortunadamente, estrictamente controladas por los reguladores nacionales y europeos, porque como se imaginarán, en la industria farmacéutica existen bastante más condicionantes que a los que está sometido un cocinero novel cuando intenta replicar una receta.
Alejandro Ruiz-Picazo, doctor en Biofarmacia y Farmacocinética y profesor en la Universidad Miguel Hernández, agradece que le planteen estas dudas razonables: ¿hasta qué punto un genérico logra ser igual a la formulación original de un medicamento?, ¿existen diferencias entre los propios genéricos? «Me alegra que te interese este tema. Después de trabajar muchos años en oficina de farmacia y de que los genéricos lleven más de dos décadas entre nosotros, sigo encontrándome algunas de estas dudas (más o menos justificadas, sí)», responde en un e-mail cuando se le contacta desde La Voz de la Salud.
Ensayo-error: parecían iguales, pero no lo eran
«En los años setenta se empezó a ver que, por ejemplo, cuando se daba a un grupo de población un paracetamol de un gramo y otro de diferente origen de fabricación, se producían efectos ligeramente diferentes. Si se están respetando todas las normas de correcta fabricación, si estaban perfectamente hechos, si el principio activo era el mismo y la cantidad también, ¿por qué había diferencias?», introduce Ruiz-Picazo sobre las preguntas que surgieron entre la industria entonces. La respuesta les llevó a darse cuenta de que a la hora de elaborar un genérico, no era suficiente con que el nuevo comprimido fuese equivalente farmacológicamente al 'original'. Necesitaban desarrollar una receta que fuese mucho más que igual, era necesario que fuesen también bioequivalente. Y sobre esta necesidad se cimenta el concepto de medicamento genérico que ha llegado hasta nuestros días. «Se empezó a plantear que no valía con que el genérico fuera un equivalente farmacológico, que es lo que serían dos presentaciones —que, por resumirlo, llevaban los mismos ingredientes en cantidades exactas—, sino que tenían que ser bioequivalentes».
La bioequivalencia implica que dos comprimidos, además de contener la misma dosis de principio activo, y además de que ambos estén bien 'fabricados', deben reaccionar de la misma forma en un organismo vivo. Esto quiere decir que, cuando el medicamento entre en la sangre, debe lograr la misma concentración plasmática. Como eso de que no hay dos personas iguales no es solo una frase hecha, sino una verdad como un templo, los organismos reguladores han fijado unos márgenes dentro de esa bioequivalencia exigida. Es decir, un genérico es lo más parecido al medicamento original que puede llegar a serlo, pero se asume cierta permisividad entendiendo que hacer un calco exacto es, en definitiva, imposible. ¿Pero por qué?
«¿Cómo se puede alterar la cantidad que va a entrar en sangre? Es decir, cómo se libera de la forma farmacéutica, cómo se disuelve, y ahí es donde entran los excipientes», introduce el doctor en Biofarmacia y Farmacocinética, que sorprende advirtiendo que a la hora de crear un medicamento genérico, los excipientes —sustancias en teoría inertes que se añaden a un comprimido para darle forma, consistencia o sabor— importan tanto como el propio principio activo, si no más. «Tener un excipiente u otro, o en una cantidad u otra, puede condicionar que el principio activo entre más rápido o entre más lento en sangre. Aunque tengas los mismos excipientes, si el proceso de fabricación es ligeramente diferente, también puede llegar a afectar. Incluso aspectos como la fuerza de compresión que apliques en el proceso de fabricación o el volumen final que tenga el comprimido», comenta el farmacéutico de la Universidad Miguel Hernández.
Márgenes aceptables, ¿cuánto de diferente puede ser un genérico?
«He trabajado mucho tiempo en farmacia comunitaria y siempre les digo lo mismo a los alumnos. No debes ponerte a discutir con el paciente. Si te dice que el genérico no le ha sentado bien por lo que sea y que quiere volver al otro, no tiene sentido comenzar una discusión sobre si eso es posible o no», comenta el especialista. Como en cualquier otro medicamento, será difícil saber qué porcentaje de esos supuestos efectos secundarios se deben a un posible efecto nocebo —opuesto al efecto placebo—, que también entra en juego cuando un paciente recibe un medicamento que no es el que habitualmente emplea. Pero, teniendo en cuenta que estos efectos psicológicos pueden existir, no todo es un fenómeno psicológico. Es cierto que entre la aspirina original de Bayer y el ácido acetilsalicílico de cualquier otro laboratorio se permiten ciertos márgenes de diferencia. Para ser más precisos, un arco de un 20 % en un valor muy concreto.
«Se les permite una diferencia promedio de las concentraciones plasmáticas. Concretamente, de dos parámetros: la concentración máxima y el área bajo la curva. En estos dos valores se tolera un margen de un 20 %. Esto no quiere decir que todos tengan diferencias de un 20 %, hablamos del límite. Algunos tendrán un 5 % por encima; otros, un 2 %; y habrá los que lleguen a un 15 o un 19. Es decir, existen genéricos que llegan más a la sangre incluso que el de referencia. Por tanto, es verdad. Puede haber ciertas diferencias», explica el experto.
No todos los medicamentos genéricos son intercambiables. Existen fármacos denominados de «estrecho margen terapéutico» —utilizados en trastornos como la psicosis— en los que una pequeña variación en su liberación, aceptable en otros fármacos, puede llegar a afectar al paciente.
El tamaño importa... y el color también
«Dentro de un genérico, ni la apariencia ni los excipientes que incluya tienen por qué ser iguales», comenta Ramón Sáez, farmacéutico y vicepresidente del colegio de la provincia de A Coruña (COFC). Y aunque parezcan aspectos secundarios sobre el papel, la práctica ha demostrado que no lo son en absoluto. «Un ejemplo son los fármacos que contienen lactosa entre sus excipientes. Si a una persona que le sienta mal la lactosa le cambias su fármaco por un genérico que incluya este excipiente, lógicamente, el efecto va a ser más que malo», razona el colegiado coruñés. Pero no siempre la lógica es tan obvia, porque como recalca Sáez, «hay un pequeño porcentaje de pacientes en los que los excipientes afectan a la absorción del fármaco».
Aunque dé la impresión de que los excipientes no jueguen un papel 'tan' fundamental en el resultado final del medicamento genérico —la propia normativa parece mostrarlo de facto permitiendo esa laxitud— Ruiz-Picazo, doctor en Biofarmacia y Farmacocinética, es contundente cuando se le realiza una pregunta muy concreta: ¿dónde está el intríngulis de un medicamento genérico?, ¿en lograr ser certero con el principio activo o en dar con la tecla con los excipientes? «La complicación a la hora de hacer un genérico está en los excipientes. Eso te lo digo ya», espeta. Es difícil ser más contundente que esto. Lo que dice, lo dice con conocimiento de causa. Ya que su tesis doctoral giró sobre la influencia de los excipientes en la biodisponibilidad oral.
«Esto va mucho más allá de la presencia de lactosa. Hay que incidir en la mayoría de las ocasiones, la empresa de genéricos no conoce el proceso de composición real del medicamento de referencia —digamos, el que va a ser 'copiado'—. Es común que ese proceso se realice por ingeniería inversa. Analizas todo lo que puedes del fármaco comercialmente referente, pero no es un camino nada fácil porque hay excipientes que están en una concentración muy pequeña y que son complicados de analizar. Y eso no es todo, porque no solamente tienes que dar con la composición cualitativa —qué excipientes están presentes—, sino también en qué proporción», desgrana exponiendo las dificultades de una industria —la de genéricos— que se lleva la mayor parte del pastel del tejido industrial farmacéutico en España.
Las piedras en el camino no terminan aquí. «También entra un juego también la parte económica. Quizás sea rizar más el rizo, pero es una realidad que, como empresa de genéricos, puede que haya un excipiente que no quiero emplear porque es mucho más caro. Si a mí como empresa me funciona este otro lo empleo, pero no dispongo de garantías de mi alternativa no vaya a tener un efecto sobre la biodisponibilidad del producto final. Es posible que te lances al ensayo de bioequivalencia y salga mal. De forma clásica, los excipientes se han considerado inertes. Y muchas veces es cierto que juegan ese papel. Son necesarios en ese rol porque no podemos hacer una pastilla solo con 0,5 miligramos de principio activo. Muchas veces el objetivo de elegir uno u otro se basa en criterios técnicos, por ejemplo emplear un talco para que fluya mejor el polvo por la maquinaria de comprimir. En resumen, priman unos procesos que son completamente ajenos a la molécula con propiedades terapéuticas que tú estás poniendo ahí. Pero lo que se está viendo es que hay muchos excipientes que sí tienen cierto efecto en cómo se disuelve y también cómo se absorbe», ilustra el profesor del centro alicantino.
Del mismo modo que los excipientes son al gusto del proveedor, también los son la forma y el color. Y aunque podrían parecer pequeños detalles sin importancia, el día a día de la oficina de farmacia constata que esta libertad es origen habitual de conflictos. «Desde las farmacias intentamos que el paciente tome siempre el mismo medicamento. A veces no es posible, pero ayuda a favorecer la adherencia que el paciente se lleve siempre la misma caja. Sí que muchos se manejan bien con sus medicaciones, pero ya hemos detectado en alguna ocasión que un paciente se esté tomando mal un medicamento por haberse llevado otra caja. Tratamos de dar sus medicamentos de siempre para que los errores tiendan a ser los menos posibles», resalta el boticario coruñés.