Ha habido muchos acontecimientos graves que han sacudido el orden internacional en los últimos años. Sin embargo, quizá ninguno de ellos tenga el potencial de transformar las relaciones internacionales como un eventual derrocamiento del régimen sanguinario de los ayatolás.
Al cierre de este artículo, el ataque de Israel y Estados Unidos contra Irán apenas ha empezado, por lo que no se puede valorar todavía el resultado, ni apenas la intención o los objetivos militares y políticos. Sin embargo, hay suficientes elementos para sacar algunas conclusiones muy relevantes. La más importante, sin duda, es que el objetivo final parece ser el cambio de régimen en Irán. Así lo han declarado expresamente Netanyahu y Trump, y a ello apuntaban también varias señales desde hace tiempo.
En un mundo incierto, pocos acontecimientos eran tan previsibles como este ataque y este objetivo. Por distintas _y obvias_ razones apuntadas en artículos previos, los ayatolás constituían la pieza de caza mayor de Netanyahu como respuesta al 7 de octubre para buscar la seguridad de Israel y la paz en Oriente Medio. Tras haber neutralizado a Hamás y a Hezbolá y, sobre todo, tras haber puesto en evidencia las debilidades internas e internacionales del régimen iraní, enemigo existencial de Israel. Netanyahu tenía condiciones óptimas para la estocada final.
Ahora bien, la operación era tan previsible como compleja, desde el punto de vista político y militar, lo que explica meses de preparación y de dudas, con negociaciones entre amigos y enemigos. Es imposible lograr un cambio de régimen, especialmente si se pretende abrir una transición democrática, solo con ataques aéreos. Ingenuidades aparte, los ayatolás no parecen tener capacidad de respuesta militar. Al cierre de este artículo, la respuesta ha sido escasa e inocua, aunque con un impacto geográfico y mediático relevante, con ataques sobre diversos objetivos en unos ocho países árabes de la región. Además, los ayatolás no tienen ningún aliado dispuesto a salvarlos.
Sin capacidad propia y sin apoyo externo, el destino de los ayatolás parece únicamente vinculado a la voluntad de Israel y de Estados Unidos. Pero solo lo parece, porque cuesta creer que una operación de esta magnitud no se lleve a cabo con la anuencia de China o, al menos, sin su rechazo explícito. Lo que suceda en y con Irán es vital para el Estrecho de Ormuz, y lo que suceda en y con el estrecho de Ormuz es vital para China y Asia. La mayor parte de la energía que consumen China, Japón, Corea del Sur o la India depende de los hidrocarburos que pasan por el estrecho de Ormuz. Todos saldríamos perjudicados, pero la dependencia asiática de Ormuz es existencial.
No sabemos qué pasará con los ayatolás, ni con el pueblo iraní, ni con el mundo, pero quizá sea momento de ponerse serio y abrir debates jurídicos y políticos necesarios para salvaguardar el orden internacional que nos ha traído uno de los mayores períodos de paz relativa de la historia. Lamentablemente, esos debates necesarios para la paz y la democracia son incompatibles con la polarización tóxica que nos rodea. Una polarización detestable que se alimenta de la utilización de las guerras y de las tragedias humanitarias para fines ideológicos espurios.