Una réplica de 5,1 sacude de nuevo las inmediaciones de la localidad birmana de Mandalay
30 mar 2025 . Actualizado a las 14:06 h.Hay imágenes que resumen la terrible angustia de lo que sucede estos días en Birmania y Tailandia. Un brazo desnudo surge por una fina ranura entre dos láminas de hormigón y se aferra al cuerpo de un socorrista. Por encima hay siete pisos de ruinas compactas. Lo que era una torre de oficinas antes del terremoto. Es la imagen del terror profundo y resume la dura labor de los socorristas en una búsqueda a contrarreloj de los supervivientes del movimiento sísmico que el viernes azotó el sudeste asiático con una fuerza desconocida. La sensación de congoja y miedo es máxima allí donde al principio se escuchaban los múltiples gritos de los atrapados y ayer solo quedaba el ruido de las excavadoras, las grúas y las ambulancias. Al cierre de esta edición, las autoridades habían contabilizado más de 1.600 muertos y 3.400 heridos. El registro, sin embargo, seguía en ascenso. «Cada hora se añaden nuevos cadáveres», explicaba Zin Mar Aung, ministro de Asuntos Exteriores del denominado Gobierno de Unidad Nacional formado por opositores prodemocráticos al régimen militar que dirige el país. El Servicio Geológico de Estados Unidos calcula que el número total de víctimas mortales puede superar los 10.000 dada la magnitud del terremoto y el área devastada. Otras estimaciones apuntan a que se tardarán meses hasta tener una idea clara del desastre.Hay muchas aldeas remotas y poblaciones incomunicadas atrapadas por el manto de la destrucción y ciudadanos desaparecidos bajo los escombros y los corrimientos de tierras. La emblemática ciudad de Mandalay, la segunda de la antigua Birmania y el centro neurálgico del comercio en todo el país, ha quedado pulverizada. Destruida. La mayoría de muertes se han producido en este enclave de 1,5 millones de habitantes. Hasta anoche se habían rescatado 649 cadáveres y más de mil heridos de la que ya comienza a ser conocida como «la ciudad muerta». «La situación en Mandalay es muy dura. No sabemos exactamente la cifra de fallecidos, pero la ciudad acoge a muchos desplazados internos de otras regiones. Por lo tanto, será muy elevada», apuntó en las redes sociales el movimiento de desobediencia civil surgido tras el golpe militar de 2021.
El epicentro del terremoto —de 7,7 grados en la escala Ritcher— se situó a 9,6 kilómetros de profundidad y solo a 17 de la mítica y literaria Mandalay, cuyas mezquitas y monasterios no resistieron la onda de choque inicial. Luego se produjo un segundo temblor de 6,4 grados que termino de hundir las infraestructuras. Y el pánico continúa. En la mañana de ayer se registró una nueva réplica de 5.1 grados, a unos veinte kilómetros de Nay Pyi Taw. Superficial, estruendosa y agitada. Miles de personas huyeron a la carrera hacia zonas abiertas. El temblor original, ocurrido a mediodía (sobre las 6.20 hora española), disparó una ola sísmica que llegó al suroeste de China, donde derribó unas 800 viviendas, y Tailandia. A 700 kilómetros del epicentro, hizo caer un rascacielos en construcción en Bangkok como un castillo de arena. Causó la muerte de una decena de personas y ayer se buscaba a medio centenar de desaparecidos. Las autoridades investigan cómo el edificio, encargado a un contratista chino, pudo desmoronarse mientras decenas de obras a su alrededor continuaron en pie.
El fenómeno resultó esencialmente infernal para todo aquel que vivía lo largo de la falla de Sagaing, que divide Birmania de norte a sur por el centro. Se trata de una franja de especial riesgo sísmico en la que residen veinte millones de personas, y aun así, el del viernes será el episodio más letal en los últimos dos siglos.Naipyidó, la capital y sede de la junta militar, fue la segunda ciudad más afectada.
Aeropuertos destruidos, estaciones de tren colapsadas, carreteras agrietadas, tapones de tierra, montañas de ruinas a cada paso, el personal de rescate se encuentra con grandes dificultades para avanzar. Tampoco ayuda la saturación de unos hospitales que ya estaban al límite después de casi cuatro años de guerra. En la región de Mandalay los médicos tuvieron que realizar intervenciones quirúrgicas en plena calle mientras cientos de heridos eran acomodados a las puertas de los centros sanitarios o en carpas improvisadas, y se afanaban en localizar un pedazo de tierra libre donde sepultar a sus allegados.
La catástrofe ha roto el aislamiento internacional que la junta militar impuso a Birmania tras el golpe de Estado. Los servicios nacionales de rescate colapsaron en cuestión de horas. Cabe señalar que muchos de los departamentos del Gobierno se quedaron apenas sin personal ni medios en el 2021 cuando miles de empleados renunciaron a trabajar para los golpistas, salieron del país, fueron detenidos o se alistaron con la milicia opositora.El régimen ha desmantelado además en estos cuatro años todo rastro de oenegés. El viernes por la noche, un país aterrado y necesitado de manos se topó con que no había apenas especialistas formados en grades desastres.
Ayuda entre combates
China y Rusia, aliados naturales, fueron los primeros que este sábado trasladaron la ayuda humanitaria al terreno. Entre los dos, enviaron más de 150 rescatistas de alto nivel. El Gobierno de Modi se volcó asimismo con su vecino. Dos buques de la Marina india zarparon con varias toneladas de material de socorro y hoy está previsto que otros dos navíos repitan la operación. Además, han sido movilizados 87 miembros de la Fuerza Nacional de Respuesta a Desastres y 118 médicos. La Unión Europea y la ONU ordenaron sendas partidas de emergencia. En el caso de la UE envía un paquete de 2,5 millones de euros, a repartir por unos líderes a los que mantiene sancionados por su autocracia. Estados Unidos atraviesa, finalmente, la primera prueba de fuego tras los drásticos recortes aplicados por Donald Trump a su servicio de ayuda exterior. La incertidumbre se centra ahora en la calidad del reparto humanitario y la reconstrucción del país. Aparte de las trabas que pueda imponer el Gobierno, la mayoría de las poblaciones más castigadas ùcomo Sagaing, Mandalay, Magway, Shan, Naipyidó y Bag— se asientan sobre una endemoniada encrucijada de terrenos cuyo control se disputan el ejército, los rebeldes prodemocracia y las minorías étnicas. A las dificultades logísticas que representa para la labor de las agencias de auxilio, se añade la imprevisión sobre si el régimen permitirá llevar la ayuda hasta los feudos de los opositores, que en anteriores desastres naturales ha vetado sin contemplaciones. La ONU ha advertido que necesitará un «acceso total» para aliviar las penalidades de millones de personas que ya carecen de agua potable y alimentos.