Aunque las imágenes de la semana en la política norteamericana sean, indudablemente, las del asalto al Capitolio por parte de una horda pro-Trump, otro hecho de mayor consecuencia política ha pasado casi desapercibido, solapado bajo el estupor provocado por semejante espectáculo: los demócratas han ganado las dos repeticiones de las elecciones para representantes al Senado por el estado de Georgia. Es decir: los demócratas han recuperado el control de Senado.
La derrota de los republicanos en estas dos elecciones senatoriales es el último «regalo» de Trump a su partido. Se suponía que los candidatos republicanos, aunque mediocres, tenían la elección asegurada. Pero han pagado el precio del alboroto creado por Trump en torno al imaginario fraude electoral. Uno de los lugares señalados por Trump como escenario de ese fraude era precisamente Georgia y, puesto que se trata de un estado republicano, esto suponía acusar a los dirigentes republicanos de Georgia de complicidad con los demócratas en frustrar un segundo mandato de Trump. El presidente solamente lo insinuó, pero varios de sus aliados, y muy especialmente sus abogados, llegaron al punto de pedir abiertamente a los republicanos que votasen contra sus propios candidatos. Había en esto también un elemento de venganza por parte de Trump y su tribu contra el partido, que para entonces ya había dejado claro que, salvo excepciones, no le apoyaba en su pretensión de cuestionar el resultado de las presidenciales.
Para los demócratas, la captura del Senado es un regalo inesperado. El control de esta Cámara les permitirá hacer nombramientos de miembros del gobierno y de jueces (aunque no, de momento, en el Tribunal Supremo, donde no hay ninguna vacante), y pone en sus manos agencias tan importantes como la Reserva Federal, clave para la política económica. A través de los comités del Senado, además, los demócratas prácticamente dictarán la agenda del Congreso. Pero aquí conviene detenerse en el detalle de los números: demócratas y republicanos han quedado en realidad empatados a 50 senadores. Es el voto de calidad de la vicepresidenta Kamala Harris el que permite decir que tienen una mayoría. Esto tendrá consecuencias políticas importantes dentro del propio partido demócrata. Afianza, desde luego, a la propia Harris, que se convierte así en una figura todavía más importante dentro del equipo de Biden. Refuerza, en general, al sector moderado del partido, y debilita al sector más a la izquierda, representado por Bernie Sanders y los llamados «socialistas democráticos» como Cori Bush o Alexandria Ocasio-Cortez. Con un Senado en manos de los republicanos, como sucedía hasta ahora, la dirección demócrata no habría tenido problema en seguir utilizando a este sector minoritario como ariete. Pero ahora el Senado va a ser una herramienta de la política de Biden, por lo que la dirección demócrata tendrá más interés en cuidar la frágil mayoría que ha conseguido. Esto significa rebajar la radicalidad de las propuestas para mantener abordo a los demócratas más conservadores e incluso atraer a algunos de los republicanos más liberales para aquellas votaciones que requieren una mayoría cualificada (por ejemplo, la importante nueva ley para regular la tramitación de leyes en el Senado). Se trata de un juego político completamente diferente, y que, más allá de cuestiones partidistas, parece en principio positivo para la política norteamericana en su conjunto, puesto que hará más fácil, casi obligado, retomar un cierto espíritu de consenso.